LOS BENEFICIOS DEL
CAPITALISMO GLOBAL
Johan Norberg
Enviado: 10 de Octubre del 2003
En los años 60, dos suecos
visitaron varios países asiáticos como India, Indonesia, Malasia o China, y
quedaron horrorizados por la pobreza que contemplaron allí. No podían creer en
un futuro esperanzador y pensaron que, posiblemente, la única salida de muchos
de estos países era la revolución socialista. En el pueblo indio de Saijani
conocieron a Bhagant, un joven agricultor intocable, pobre y analfabeto, que
vivía entre basura y luchaba diariamente por su supervivencia.
Treinta años después, cuando
regresaron a esos mismos países que habían visitado treinta años antes, no
podían creer lo equivocados que habían estado acerca de la abyecta miseria y el
desastre que habían visto. Ahora observaban que más y más gente había sido
liberada de la pobreza, el hambre y la insalubridad.
Cuando encontraron de nuevo a Bhagant,
ahora un anciano, su casa estaba construida de ladrillo y no de barro, y todos
sus vecinos tenían ahora zapatos en sus pies y ropa limpia - y no harapos -
sobre su piel. Sus nietos iban todos a la escuela. Fuera, las calles tienen
alcantarillado, y el perfume de la tierra cultivada había reemplazado el hedor
de los excrementos y la basura. Treinta años antes, Bhagant no sabía que vivía
en la India. Ahora ve las noticias internacionales en la televisión.
Este desarrollo no ha surgido de
ninguna revolución socialista sino, por el contrario, de una tendencia de las
dos décadas pasadas hacia una mayor libertad individual. El comercio
internacional y la libertad de elegir han crecido; las inversiones y ayudas al
desarrollo han transmitido ideas y recursos. Muchos beneficios se han derivado
del conocimiento, riqueza y tecnología de otros países.
Pero el mayor cambio ha tenido
lugar en la manera de pensar y de soñar de la gente corriente. La televisión y
los periódicos aportan ideas e impresiones de todos los lugares del mundo,
ampliando la noción sobre lo que es posible. Esto implica nuevas libertades
para mujeres que siempre han estado oprimidas, ahora que tienen más
oportunidades de conseguir un trabajo y, por tanto, ser más independientes de
sus maridos. Los nuevos mercados financieros permiten a los granjeros que
necesitan dinero para educación o su granja no acudir al prestamista que da
dinero sobre la garantía del futuro trabajo de sus hijos. Cuando aparecen
nuevas empresas, y es posible elegir entre diferentes empleos, el control total
que los terratenientes solían tener se desvanece.
Toda la generación de Bhagant
era analfabeta. De la generación de sus hijos, solo unos pocos podían ir a la
escuela, y, finalmente, toda la generación de sus nietos va al colegio. Bhagant
se da cuenta de que las cosas han mejorado. La libertad y la prosperidad han
crecido. Hoy en día, los niños son el mayor problema.
Cuando él era joven, los niños
eran obedientes y ayudaban en casa. Hoy se han hecho terriblemente
independientes, ganando dinero por su cuenta. Esto puede provocar tensiones,
pero no es ni mucho menos lo mismo que el riesgo de contemplar a tus hijos morir
de hambre.
El progreso en estos países es
muy lento. Pero aún así es más rápido de lo que nunca había sido. La postura
que adoptemos usted y yo y todos los demás habitantes del mundo desarrollado
sobre el candente asunto de la globalización puede decidir cuanta gente va a
compartir el desarrollo que ha tenido lugar en el pueblo de Bhagant, o si el
desarrollo debe dar marcha atrás.
El
progreso
La cosa más importante que ha
sucedido desde la primera ola de industrialización y desarrollo del siglo XIX
es su difusión por todo el mundo en las últimas décadas. Durante los últimos 50
años, la pobreza global se ha reducido más que en los 500 años anteriores
juntos. En los últimos 30 años, la renta media en los países en desarrollo se
ha duplicado. Durante las últimas dos décadas, la proporción de la pobreza
absoluta - es decir, las personas con un ingreso inferior al dólar diario - se
ha reducido del 31 al 20 por ciento. Incluso, a pesar de que la población total
ha aumentado en 1.500 millones, también se ha reducido en números absolutos por
primera vez desde que se registra esta estadística en alrededor de 200
millones.
Otros indicadores de bienestar
en el tercer mundo muestran el mismo patrón. Cuando se tienen recursos, se
puede incrementar el nivel de vida. Durante los últimos 50 años, el
analfabetismo entre los jóvenes se ha reducido del 70 al 25%. La mortalidad
infantil se ha reducido del 18 al 8%. La esperanza de vida ha crecido de 46 a
64 años. Durante los últimos 30 años, las situaciones de hambre permanente se
han reducido del 37 al 18%.
En otras palabras, estos
indicadores están mejor hoy en los países en desarrollo de lo que estaban en
los países ricos hace cien años. ¿Por qué ha sucedido esto?
Mi respuesta es que esto ha sido
el resultado del hecho de que algunas cosas que solían ser propiedad exclusiva
de los países occidentales se han empezado a difundir por el mundo, cosas como
la riqueza, las inversiones, las multinacionales, las ideas, los medios de
comunicación, la ciencia, la tecnología, la medicina, etc.. Lo gracioso es que
todo esto es exactamente eso que se denomina, quizá un poco a la ligera,
globalización. La India de Bhagant, que intentó el proteccionismo y el
estatismo tras la independencia, es el resultado de la especialización económica
en los 80 y la liberalización de los 90.
El movimiento antiglobalización
se queja de que la globalización crea pobreza y desigualdad. Eso es una verdad
a medias. Si se considera la pobreza están completamente equivocados, ya que se
puede observar que la pobreza ha disminuido en las décadas de la globalización.
Pero están en lo cierto cuando dicen que este es un mundo desigual. El factor
que más determina el nivel de vida de un individuo y sus oportunidades de
prosperar es la latitud en la que ha nacido. El 20% de la población consume el
80% de los recursos mundiales. Pero esto no significa que ellos, es decir,
nosotros los del Norte, les quitemos esos recursos al resto del mundo. No,
nosotros creamos el 80% de la producción de los nuevos recursos. Y eso no tiene
nada que ver con que seamos más listos o trabajemos más que el resto. Tiene que
ver con el hecho de que somos quienes tenemos la libertad de emplear nuestra
inteligencia en lo que consideramos adecuado, y que tenemos la libertad de
trabajar en nuestro propio beneficio, libertades estas que en el Sur se tienen
en mucho menor grado.
Hay una distribución desigual de
la riqueza en el mundo, pero esto por la desigual distribución del capitalismo.
Aquellos que tienen capitalismo se hacen ricos, los que no lo tienen permanecen
pobres. Si destruyéramos el capitalismo todos seríamos pobres pero, eso sí,
iguales.
Por medio de la producción y el
crecimiento económico, se produce más riqueza, y el capitalismo fomenta una
producción cada vez mayor y más eficiente, pues si no logras ese objetivo te
encuentras fuera del negocio. Fomenta y recompensa inversiones a largo plazo en
una producción mejor. El comercio libre es comercio justo, casi por definición,
porque un trato no se hace mientras ambas partes no piensen que ambos ganan
algo de él. Al contrario que en los campeonatos de fútbol, ganan ambas partes.
Cuanto mayor es el grado de
libertad económica en un país, mayor es la oportunidad del mismo de conseguir
más prosperidad, un crecimiento más rápido, un nivel de vida más alto, etc.. Si
decidimos dividir el mundo en cinco grupos dependiendo del grado de libertad
económica, como ha hecho el canadiense Instituto Fraser, vemos que los países
más libres son diez veces más ricos que los menos libres y que tuvieron un
crecimiento anual del 2'3% durante la década de los 90 mientras que los menos
libres tuvieron un crecimiento negativo del 1'5%. Hay un dato aún más
interesante que indica que la gente en los países más libres vive de media 24
años más que la gente en los países menos libres.
Asia
contra África
Un interesante ejemplo de esto son
los países en vías de desarrollo a lo largo de los últimos 50 años. En
Latinoamérica y Áfricas los gobiernos querían autosuficiencia y monopolios
estatales. El resultado fueron industrias crecientemente ineficientes detrás de
barreras proteccionistas. Al final no podían ni sufragar las máquinas
necesarias para continuar la producción. Las economías se derrumbaron hace unos
veinte años y dejaron a la población con grandes deudas.
Contraste esto con los países
del sudeste asiático que se aprovecharon de la división internacional del
trabajo con una política orientada a la exportación. Hicieron lo que mejor
sabían hacer y el resto lo importaban. Tenían un gran intervencionismo gubernamental,
pero controlado por las señales del mercado; cuando una empresa no era
competitiva, se la ponía fuera del mercado. Estos países tienen ahora un nivel
de vida cercano al europeo.
A mediados de los años sesenta,
Zambia era el doble de rica que Corea del Sur, y ahora Corea del Sur es 27
veces más rica que Zambia. Esto no puede explicarse por diferencias en la
inteligencia o la ética del trabajo. La otra parte de Corea, Corea del Norte -
y Birmania - otra de las economías del sudeste asiático, no ha tenido tanta
suerte. Tienen una economía autosuficiente y planificada centralmente, y en
duro contraste con sus vecinos, permanecen anclados en una profunda miseria.
Por otro lado tenemos a algunos
países africanos que han intentado algunas reformas liberalizadoras, aunque muy
lentamente, como Botswana, Mauritania, Ghana y Uganda, y no se han atascado en
la misma pobreza que el resto del continente, presentando en cambio crecimiento
y una leve reducción de la pobreza.
Podemos observar esto en todo el
mundo. Se puede observar como China e India han comenzado a hacer rápidos
progresos cuando empezaron a desrregular sus mercados, se puede observar como
países con mercados libres como Chile y Méjico crecen más rápidamente que el
resto de Latinoamérica y se puede observar esto incluso en las severamente
planificadas economías del mundo árabe. Pequeños países árabes que han hecho
reformas liberales, como Bahrein y Qatar, han experimentado un rápido
crecimiento.
La
globalización significa libertad
La libertad económica, que
significa tanto progreso económico como más libertad, es también una
oportunidad para conseguir libertades políticas. A largo plazo es difícil para
los dictadores que aceptan la libertad económica el evitar la libertad
política. Durante las últimas décadas, en país tras país hemos podido ver como
los gobernantes que han garantizado a sus ciudadanos el derecho a escoger
bienes e invertir libremente finalmente se han visto forzados a darle una
elección libre de gobernantes. Eso ha pasado en dictaduras del Sureste asiático
y de Latinoamérica. El partido único de Méjico se derrumbó un par de años
después de que el país optara por el comercio libre. La dictadura de Suharto se
derrumbó como una baraja de cartas en el despertar de la crisis asiática, y en
estos momentos podemos ver como los primeros movimientos hacia la democracia
están teniendo lugar en África, en los mismos países que se ha comprometido con
los mercados libres.
La gente que crece más rica,
mejor educada y más acostumbrada a escoger, no acepta que otros elijan en su
lugar, de modo que la economía de mercado a menudo desemboca en democracia. Un
sistema económico descentralizado hace posible el establecimiento de grupos
independientes del poder político, que al fin y al cabo es la base del
pluralismo. Encuestas internacionales sobre libertad económica han mostrado que
los ciudadanos con capacidad de comerciar internacionalmente tienen
aproximadamente cuatro veces más posibilidades de disfrutar de democracia que quienes
no tienen ese derecho. Esta es, en parte, la razón por la que los activistas
chinos desean que su país se una a la Organización Internacional de Comercio,
mientras que los comunistas de la vieja escuela y el Ejército se oponen. La
entrada obligará a mayor transparencia y descentralización, aparte de que una
dictadura que siempre ha sido tiránica y arbitraria será obligada a someterse a
un código internacional imparcial.
Pero, en tal caso, ¿como es
posible que tanta gente, desde manifestantes a profesores, piense que la
globalización y el comercio crea pobreza? Una de las razones es que piensan
que, tras la caída del comunismo, ya sólo queda en el mundo capitalismo y lo
que ellos denominan neoliberalismo. En ese caso, si aún quedan problemas en el
mundo como pobreza, enfermedad, desigualdad, etc., debemos culpar de ellos al
capitalismo. Pero lo que olvidan es que el capitalismo está solucionando esos
problemas, más rápido que nunca. Culpar al capitalismo por los enormes
problemas en África, el continente menos democrático, capitalista y
globalizado, es como culpar a los médicos de tu mala salud sin haber visitado
nunca a ninguno.
Otra razón puede ser que
realmente no entiendan lo que es la globalización. En su reciente libroEl malestar en la globalización, el Premio Nobel Joseph Stiglitz se queja de que la
globalización empobrece a la gente, pero resulta que lo que él entiende por
globalización es el Fondo Monetario Internacional. Pero fuera o no un error del
FMI el reclamar tasas de interés más altas durante la crisis asiática del 97,
poco tiene eso que ver con los méritos de la globalización. El FMI es una
institución política, que intenta dirigir economías por medio del dinero de los
contribuyentes, y padece de los mismos defectos que otras instituciones
gubernamentales y agencias de ayuda. La globalización es otra cosa, es nuestro
día a día, nuestras acciones voluntarias, donde compramos, donde viajamos,
donde invertimos.
Muchos se sienten impotentes
ante la perspectiva de la globalización, y este sentimiento se comprende
fácilmente cuando nos enfrentamos con las decisiones descentralizadas de
millones de personas. Si los demás tienen la libertad de vivir sus propias
vidas, no tenemos poder sobre ellos. Pero, a cambio, obtenemos un poder mucho
mayor sobre nuestras propias vidas. Este tipo de impotencia es buena cosa. No
hay nadie en el asiento del conductor, porque cada uno de nosotros está
conduciendo su vida en muchas más direcciones.
Internet se marchitaría y
moriría si no enviáramos correos electrónicos, no encargáramos libros y no nos
bajáramos música todos los días en esta red de ordenadores global, ninguna
empresa buscaría productos del extranjero si no los pidiéramos, y nadie
invertiría dinero más allá de la frontera si no hubiera emprendedores deseando
invertir en respuesta a la demanda de los consumidores. La globalización la
forman nuestras acciones cotidianas. Comemos plátanos de Ecuador, bebemos té de
Sri Lanka, vemos películas americanas, pedimos libros al Reino Unido,
trabajamos para empresas de exportación que venden en Rusia y Alemania, nos
vamos de vacaciones a Tailandia y ahorramos dinero para nuestra jubilación en
fondos de pensión invertidos en Sudamérica y Asia. Los recursos pueden ser
canalizados por corporaciones financieras y los bienes transportados entre
fronteras por diversas empresas, pero sólo se hace porque nosotros queremos que
se haga. La globalización tiene lugar por abajo, aunque los políticos vayan
detrás de ella con todo un abanico de siglas - UE, FMI, BM, ONU, UNCTAD, OCDE -
en un intento de estructurar el proceso.
Los críticos llaman a la
globalización la "globalización de las multinacionales". Eso es una
tontería. Las grandes empresas tienen mas poder en sociedades cerradas, con
privilegios y aranceles que impiden a otras empresas competir y a los
consumidores elegir. En ese tipo de sociedades, como la latinoamericana tras la
Segunda Guerra Mundial, las multinacionales pueden hacer productos caros y
malos ya gente está obligada a acudir a sus sedes y trabajar para ellas.
La globalización es la manera de
dar a las multinacionales más libertad para comerciar e invertir pero, al mismo
tiempo, quitándoles poder. En un mercado libre, las empresas son como
camareros; son libres de ofrecerte el menú pero si no estás interesado puedes
ir a cualquier otro sitio. El comercio libre significa que otros camareros,
incluso extranjeros, pueden ofrecerte menús en competencia. Tú estás al cargo.
Puede que sean las grandes empresas y los bancos quienes transporten bienes y
capitales a través de las fronteras, pero si no fuera por el hecho de que
existe una demanda popular por ellos, no lo harían.
¡La globalización la controlamos
nosotros, las personas!
Y además beneficia a los más
pobres. Para los países pobres no resulta un problema que haya países ricos,
como el movimiento antiglobalización parece sugerir. Al contrario, es una gran
oportunidad. 130 años atrás, a Suecia le benefició el hecho de que países como
Inglaterra y Francia fueran mucho más ricos y más industrializados. Eso
significó que pudiera emplear directamente ideas y tecnología provenientes de
estos países, que a ellos les costó mucho más, en tiempo y dinero, desarrollar
desde el principio.
Las multinacionales que
invierten en países pobres le llevan nueva maquinaria, mejor tecnología, mejor
gestión e ideas para la producción, un mercado más amplio y educación para sus
trabajadores, que incrementará su productividad y bienestar. 130 años atrás,
Suecia pudo obtener capital de Inglaterra para invertir y desarrollar su propia
producción e infraestructura, pudo vender más bienes y pudo finalmente comprar
bienes más avanzados. ¿Y como pagamos esto? ¡Teniendo tasas de crecimiento
mucho más altas!
Las estadísticas muestran
claramente que las economías abiertas pobres crecen más rápido que las economías
abiertas ricas. El comercio libre hace más ricos a los ricos, y a los pobres,
pero los ricos no se benefician tan rápidamente como los pobres.
Las posibilidades de un rápido
crecimiento para los países pobres son más altas cuanto más evolucionado esté
el resto del mundo. Cuando Inglaterra empezó a duplicar su riqueza, en 1780, le
costó 50 años. Cuando Japón hizo lo propio cien años más tarde tardó 34 años. Y
cuando Corea del Sur hizo lo mismo otros cien años después, le llevó sólo 11
años. Cuando los países están conectados unos a otros con comercio y movimiento
de capitales, los pobres parecen ser los que más ganan.
Proteccionismo
Y aquí llegamos a la que debería
ser la principal preocupación sobre el comportamiento de los países
occidentales. Porque no es que estén intentando engañar a los países en vías de
desarrollo para que realicen una especie de globalización neoliberal, sino que
no les están dejando participar en ella.
A lo largo de los últimos
cincuenta años, se ha liberalizado el comercio de todo el espectro de productos
con dos excepciones: los productos textiles y agrarios. Y los productos que la
UE y los Estados Unidos no frenan con aranceles y cuotas, los para con medidas anti-dumping, reglas burocráticas sobre
su origen, el principio de precaución, medidas de protección ambiental, etc..
El Programa de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas asegura que los
países en vías de desarrollo pierden anualmente unos 700 billones de dólares en
exportaciones debido a nuestros aranceles y cuotas. Esto es 14 veces más de lo
que les llega en ayuda exterior cada año. Destruimos sus posibilidades de
enriquecerse, al mismo que tiempo que nos negamos a nosotros mismos productos
mejores y más baratos y más especialización y eficiencia.
Y es que el aspecto más absurdo
de todo esto es el daño que nos hacemos a nosotros mismos con esta política. El
economista francés Patrick Messerlin ha indicado que los pocos trabajos que el
proteccionismo de la Unión Europea ha salvado lo han sido a un coste de unos
200.000 dólares por empleo, que es aproximadamente diez veces el salario medio
en esas industrias. A ese precio, podríamos dar a cada trabajador un Rolls Royce
cada año. El coste total del proteccionismo de la Unión Europea llega hasta el
5-7 % del PIB de la Unión Europea, lo que es más o menos tres veces el de
Suecia.
Desde la caída de la Unión
Soviética y las reformas económicas en China sólo quedan en el mundo tres
economías planificadas centralmente: Corea del Norte, Cuba y la Política
Agraria Común de la UE. La PAC no solo mantiene a los exportadores del tercer
mundo fuera del marcado con sus enormes aranceles y cuotas y los billones de
dólares con que subsidian a los granjeros europeos, sino que, vendiendo en el
mercado internacional el excedente subvencionado, la Unión Europea también
logra hundirlos en el tercer mundo.
Los cálculos más recientes
muestran que el coste total que sufren los consumidores y contribuyentes de los
29 países miembros de la OCDE por las barreras comerciales y el apoyo a la
agricultura llega a los 360 billones de dólares. Una suma tan grande es difícil
de comprender, pero es suficientemente grande como para pagar un billete de
clase preferente para hacer un viaje en avión alrededor del mundo a cada una de
las 50 millones de vacas que hay en esos países, y aún les dejaría 2.800
dólares para gastar en sus paradas en los Estados Unidos, Europa y Asia. Y
podrían hacer un viaje de esta naturaleza cada año. Esto es lo que nos cuesta
la destrucción del libre comercio y de las posibilidades de los países pobres
de desarrollar sus propias economías.
Si los países ricos fueran
sinceros en su retórica sobre la justicia global y el desarrollo, deberían
abolir el proteccionismo. Lo que, dicho sea de paso, es la causa del título de
mi libro. Hemos desarrollado cierto tipo de capitalismo en nuestra parte del
mundo donde tenemos libertad de poseer, competir y comerciar sin intervención
gubernamental. Pero sólo tendremos un capitalismo global cuando el resto del
mundo tenga las mismas libertades. Creo que ese objetivo merece una defensa.