INSTITUCIONALIZAR LA GERENCIA PÚBLICA: RETOS Y DIFICULTADES
Francisco Longo
Enviado: 19 de Agosto del 2003
INTRODUCCIÓN
Este trabajo pretende desarrollar
una reflexión acerca de la dirección pública profesional y su evolución a lo
largo de las últimas décadas en las administraciones públicas del mundo
desarrollado. El eje conductor de la misma será el de la institucionalización
de la dirección pública en los sistemas político-administrativos
contemporáneos.
La estructura del trabajo es la
siguiente: Se comenzará enmarcando la expansión y desarrollo de la gerencia en
los sistemas públicos, y describiendo brevemente en forma comparada su
evolución más reciente en una serie de países del ámbito OCDE. A continuación,
se apuntarán los rasgos básicos de un modelo de ejercicio de la dirección pública.
A partir de aquí, se abordará el tema central mencionado. Para ello, se
intentará en primer lugar definir los elementos configuradores de un marco
institucional de dirección pública. En segundo lugar, se abordará el contenido,
alcance y ámbito de las reformas necesarias para construir dicho marco. Por
último, se analizarán las variables que pueden influir sobre la producción de
las reformas, planteando los principales desafíos y dificultades que plantean
dichos empeños reformadores.
El objetivo principal del trabajo es
servir como referente para el debate en el grupo de trabajo “Presente y futuro
de la dirección pública”, del 1r Congrès Català de Gestió Pública. Por
consiguiente, si bien el fenómeno de la dirección pública será descrito y
analizado en un marco más amplio, se intentará que la reflexión tenga validez
especialmente en el contexto catalán y español, en el que se inscriben
preferentemente los trabajos congresuales.
LA ECLOSIÓN DE LA GERENCIA PÚBLICA
En aquellos sistemas públicos en los
que encontramos –como ocurre en las democracias avanzadas- los elementos
básicos constitutivos de una administración profesional, la acción pública ha
venido estando repartida durante décadas, con arreglo al conocido modelo weberiano,
entre dos grandes protagonistas: una clase política, investida de autoridad a
través de los mecanismos de la democracia representativa, y una función pública
profesional, regida por el sistema de mérito.
La aparición de los directivos
supone la ruptura de ese dualismo, profundamente interiorizado durante largo
tiempo, no sólo en el funcionamiento de las administraciones, sino en la propia
conciencia social. ¿Qué causas producen la crisis del modelo? ¿A qué se debe la
eclosión gerencialista?. A nuestro entender, las bases profundas de la crisis
del paradigma weberiano quedaron sentadas hace muchas décadas, tan pronto
comienza la imparable evolución de los estados modernos hacia lo que hoy
llamamos estado prestador, social, o de bienestar. Pensada en el contexto del
estado liberal, como garantía de una imparcial e impersonal aplicación de la
norma, la burocracia weberiana manifiesta precozmente –al menos en el plano del
análisis- su inadaptación a esa evolución. La creciente asunción por los
gobiernos de la provisión de servicios públicos, en su mayor parte bajo
modalidades de prestación directa, va incrementando gradualmente la dimensión empresarial
de una buena parte de su actuación. La legitimidad gubernamental dimanante
de la sujección al derecho debe ser crecientemente complementada con la
legitimidad por la eficacia.
La enorme expansión de la actividad
prestadora de los poderes públicos da lugar a una creciente complejidad y
diversificación de los procesos de producción de los servicios (Echebarria,
1993: 93 y ss.). La necesidad de actores capaces de ponerse al frente de dichos
procesos, garantizando su eficacia, no resulta adecuadamente satisfecha por
ninguno de los dos actores básicos del sistema. El escenario adecuado para la
ruptura del dualismo parece servido, y, sin embargo, no será hasta épocas mucho
más recientes, cuando el fenómeno de la gerencialización acabe por imponerse en
la práctica, en muchos casos, o, cuando menos, por ser asumido como tendencia
deseable, en muchos otros (Cabrero, 1991).
La explicación más consistente y
extendida entre quienes han analizado el proceso no deja de resultar
paradójica. Si bien el nacimiento y desarrollo del estado de bienestar
incorporaban las necesidades apuntadas, será precisamente su crisis la que haga
aflorar y generalizarse las respuestas. La crisis fiscal, la creciente
restricción de recursos a disposición de los gobiernos, actuarán como la
espoleta capaz de cuestionar el statu quo e implantar un modelo
alternativo.
Para Sue Richards (1994:5-9), que
analiza el fenómeno desde la experiencia británica, pero en claves aplicables
a entornos que nos son más próximos, la fase expansiva del estado de bienestar
fue protagonizada por dos actores principales: los políticos y los
profesionales (técnicos y especialistas incorporados a la administración para
la prestación de un volumen creciente de servicios). Ambos protagonistas
operaban como fuerzas expansivas de las respuestas públicas. Los primeros,
presionados por una demanda social creciente, cuya satisfacción era la clave
para competir con éxito en el mercado electoral. Los segundos, impulsados por
esas mismas necesidades, vividas en su relación con los usuarios reales o
potenciales de los servicios, así como por su interés en consolidar su peso y
protagonismo en el sistema. En el medio, una burocracia débil, administrando y
dando forma a las intervenciones y transacciones de los dos actores
principales.
El modelo puede subsistir, cree la
autora británica, mientras es posible nutrir sus intrínsecas tendencias
expansivas mediante el incrementalismo de los presupuestos públicos. Cuando la
magnitud alcanzada por el gasto público, y la necesidad de políticas
presupuestarias restrictivas, cuestionan la viabilidad económica de aquél, lospolíticos
necesitan introducir disciplina en el sistema. La incorporación de los managers,
portadores de los valores y saberes propios de la racionalidad económica, les
permitirá orientar la administración hacia la producción de mejoras de
eficiencia. Dos notas significativas cabe retener de este análisis. La primera,
que la gerencialización aparece vinculada a una reacción de las clases
políticas dirigent es, destinada a tomar el contro sobre el sistema, imponiendo
su poder sobre sobre la que Clarke y Newman (1997:13) llaman coalición buro-profesional,
y utilizando para ello a un nuevo actor, los directivos, que asumirán un
protagonismo destacado. La segunda, ue la función directiva, si bien necesaria,
en nuestro análisis, mucho antes, como onsecuencia de la lógica evolutiva del
estado moderno, no acaba generalizándose sino bajo el impulso de la crisis de
recursos y la restricción del gasto público. Esta segunda nota explicará el
contundente sesgo eficientista –fuertemente orientado a la reducción del gasto-
que la irrupción de los managers ha adoptado en muchos casos, y que ha
dado lugar a algunas de las consecuencias más discutibles de estos procesos.
En nuestro entorno público, el
fenómeno de la gerencialización es, sin duda, mucho más incipiente que
en el Reino Unido u otros países que como Australia, Nueva Zelanda, Suecia o
Dinamarca (Schwartz, 1994; Boston et al., 1997), han vivido procesos de amplia
transformación de sus sistemas públicos, e incluso que muchos otros (Estados
Unidos, Canadá, Holanda), en cuyas tradiciones administrativas la función
directiva ha alcanzado un grado notable de desarrollo. países más próximos a
nuestra cultura administrativa, como Italia, han impulsado reformas destinadas
a consolidar la dirigenza pubblica como un estrato dotado de lógica y característicaspropias
y diferenciadas de la función pública ordinaria.
Si mantenemos, sin embargo, -y creo
que debemos hacerlo- que el anterior análisis resulta básicamente de aplicación
a nuestras administraciones públicas, y que también entre nosotros el formato
dual (políticos/funcionarios) es un modelo insuficiente y periclitado, lo que
encontramos es, en la mayor parte de los casos, un espacio por llenar: el que
correspondería al ejercicio de una función directiva pública.
Desde el punto de vista del análisis
organizativo, la existencia de un espacio vacío o semivacío es una situación
más teórica que real. Como aquejadas de un horror vacui, las
organizaciones acostumbran a producir tendencias internas a ocupar cualquier
resquicio que aparezca en sus estructuras, bajo el doble impulso de atender las
necesidades creadas y de satisfacer expectativas de poder de los actores queoperan
en las mismas. El espacio de la dirección pública es disputado, con resultados
variables, que difieren en las distintas instituciones, por los dos actores tradicionales
de los sistemas públicos: las clases políticas, y la función pública
profesional. En otro lugar (Longo: 1999) hemos argumentado por qué, en nuestra
opinión, ninguno de ellos puede responder válidamente a los desafíos apuntados.
EL DESARROLLO DE LA FUNCIÓN
DIRECTIVA
No hay management sin managers.
Las reformas que, bajo diferentes lemas y denominaciones, con claras
diferencias de ambición y profundidad pero con una consistente coincidencia de
contenidos (Barzelay: 1998 y 2001; Clarke y Newman:1997; Dunleavy y Hood:1994; Metcalfe:1993; Pollitt:1993,
Pollitt y Bouckaert:2000;
OCDE:2000), se vienen desarrollando en los sistemas políticoadministrativos de
una buena parte del mundo, exigen directivos. La más contundente de las
orientaciones a la eficiencia y la racionalidad económica, los mejores nstrumentos
y técnicas de gestión estarían llamados a fracasar sin directivos (Dalziel:1996,31).
El problema es que los sistemas
tradicionales de función pública o servicio civil carecen, en general, de la capacidad
para producir perfiles directivos en la proporción requerida por las reformas.
Tampoco disponen de mecanismos aptos para estimular la práctica gerencial
debidamente. Por ello, la profesionalización de los directivos se ha convertido
en una prioridad para los reformadores (Murray:2000,180), y ha obligado a
concentrar políticas específicas de gestión de recursos humanos en la franja
superior de los sistemas de servicio civil (Losada:1999).
Con alguna frecuencia, como veremos
enseguida, este objetivo ha exigido diferenciar esa franja directiva del resto
de la función pública, y dotarla de un estatuto específico, más flexible del
que se aplica a los demás servidores públicos.
Ciertamente, hay países, como
Francia, Alemania, Bélgica o España, que no se han sumado a esta tendencia, lo
que no ha impedido un uso creciente de la formación directiva en todos ellos,
en los que, sin embargo, el desarrollo de la gerencia pública presenta todavía déficits
significativos de institucionalización (Jiménez Asensio:1995).
La diferenciación a la que hemos
hecho referencia no debe ser confundida con la absoluta discrecionalidad en el
nombramiento de los directivos por razones políticas (Longo:1999). Los
gobiernos necesitan un cierto número de nombramientos políticos, que
acostumbran a fijar mediante ciertas técnicas. Así, en Francia las limitaciones
al personal de directo nombramiento por los Ministros son básicamente
presupuestarias.
En la actualidad, unos 450 cargos se
cubren así (Burnham:2000, 101). En EE.UU., un 10 por ciento del servicio
superior, más algunos cargos específicos de la executive schedule suman
unos 1350 cargos de la rama ejecutiva federal. En Suecia, el número e estos
cargos se fija por acuerdo entre los partidos. En Alemania y Bélgica, rigen
sistemas híbridos de nombramiento para estos cargos, utilizándose el sistema de
pool, para formar parte del cual se consideran ciertos requisitos, como
un grado universitario y en ocasiones un examen, y cuyos integrantes pueden ser
objeto de nombramiento político discrecional (World Bank:2000).
La orientación diferenciadora a la
que hacíamos referencia se fundamenta, por el contrario, en modelos de
separación entre política y gestión (Jiménez Asensio:1998), que parten del
reconocimiento de una esfera gerencial, llamada a ser cubierta por directivos
públicos profesionales, sujetos al mandato político pero a quienes se reconoce
una esfera propia de decisión, que se ejerce en marcos contractualizados (Laegreid:
2000) basados en el principio de responsabilidad por resultados. Algunas de las
reformas que han afectado a los puestos superiores de los sistemas de función
pública han tenido esta orientación.
Así, en el Reino Unido (OCDE :1999:8),
se creaba en 1996 el Senior Civil Service, que englobaba y ampliaba la
anterior Open Structure del SC, y que incorpora los 3000 cargos
superiores de la Administración británica. El SCS incluye a todos los
directores ejecutivos de las agencias, algunos de los cuales son incorporados
del exterior del SC mediante contratos de duración limitada y renovable. La
mayoría, no obstante, tienen contratos de duración indefinida. Los cargos del
SCS son evaluados mediante un nuevo sistema de valoración de puestos (JESP, Job
Evaluation for Senior Posts), aplicándose a todos ellos formas de retribución
variable por rendimiento. La política salarial depende de una oficina que
responde directamente ante el Primer Ministro. Sistemas avanzados de gestión
del rendimiento, incluyendo evaluaciones de 360 grados y otras técnicas, han
sido implantados en el SCS por el Cabinet Office.
En EE.UU. (OCDE:1999:21), el Senior
Executive Service (SES) fue creado en 1978 por la Ley de Reforma del
Servicio Civil. Integra a unos 7000 cargos, (demasiados, para algunos expertos,
para poder ser calificados como élite), entre los que se encuentra el 10
por ciento que, como antes dijimos, puede destinarse a nombramientos políticos,
si bien (Ingraham et al.:1995) no ha llegado a superar el 9 por ciento. Por
cierto, que los análisis de las diferencias en el comportamiento de los
directivos de una y otra procedencia no presentan diferencias demasiado
significativas (Dolan: 2000). Los efectos combinados de los recortes
presupuestarios, el downsizing y las reformas de los últimos años han
afectado al SES en diversas formas. Las reformas más recientes, con la creación
de las Performance Based Organisations Con alguna frecuencia, como
veremos enseguida, este objetivo ha exigido diferenciar esa franja directiva
del resto de la función pública, y dotarla de un estatuto específico, más flexible
del que se aplica a los demás servidores públicos. Ciertamente, hay países,
como Francia, Alemania, Bélgica o España, que no se han sumado a esta
tendencia, lo que no ha impedido un uso creciente de la formación directiva en
todos ellos, en los que, sin embargo, el desarrollo de la gerencia pública
presenta todavía déficits significativos de institucionalización (Jiménez
Asenso:1995).
En Australia, el SES fue creado por
la Ley de Reforma del Sector Público de 1984, en un contexto de reforma que tenía
como prioridades (Pollitt y Bouckaert:2000, 02) reducir la permanencia de los
servidores públicos, diversificar las fuentes de sesoramiento político a los
ministros, e incrementar tanto la capacidad gerencial como la receptividad de
los empleados públicos hacia las rioridades políticas del gobierno.En Italia,
la creación, por la reforma de 1993, de la Dirigenza Pubblica (Sánchez
Morón:1994; Martínez Bargueo:1995,34) tuvo como fundamento el logro de una
distinción nítida entre los planos de dirección política y administrativa, con
el objetivo de reforzar la autonomía de los directivos públicos rofesionales
respecto del poder político, y garantizarles un ámbito propio de ctuación,
libre de interferencias, aunque condicionado por los objetivos politicos. na de
las características de la reforma italiana es su voluntad de extender el modelo
al conjunto de las Administraciones públicas. En función de la posición
jerárquica y la mayor o menor flexibilidad del istema de nombramiento, el
modelo italiano distingue entre los niveles de dirigente general (nombramiento
previa contrastación de requisitos), y dirigente (nombramiento previa
superación de examen o curso de capacitación).
En Holanda, una reforma de 1995
creó, tras muchos años de debate (Van der Krogt et al.:2000, 197), el ABD (Alto
Servicio Civil), que integra a los trescientos cargos de nivel superior del
gobierno central, hallándose prevista la ampliación de dicho número. Los
propósitos de la creación del ABD fueron: el desarrollo de las habilidades directivas,
la promoción de la movilidad y la experiencia internacional, y el desarrollo de
un esprit de corps. Existen estímulos a la rotación y restricciones a la
permanencia en un mismo puesto por más de 7 años. Una oficina especial para el
ABD en el Ministerio del Interior recluta y selecciona al personal, y
desarrolla un elaborado programa de formación y evaluación.
En el caso canadiense, (OCDE:1999),
el alto servicio civil ha sido tradicionalmente un grupo de élite caracterizado
por ser reclutado en universidades prestigiosas, así como por un centralizado
sistema de personal y empleos vitalicios. La situación (“modelo Westminster”)
es similar a la del Reino Unido al inicio de las reformas de los 80. Los
indudables cambios de entorno no han dado lugar en Canadá a una reforma en
profundidad, ya que los gobiernos parecen haber estado más interesados en
políticas de ahorro y reducción de personal que en transformaciones globales.
Una de las características generales
de los nuevos modelos de función directiva profesional (Ridley:2000,35) es la
apertura de los puestos, en muchos casos, al exterior de la Administración,
combinando el acceso de ejecutivos procedentes del sector privado con el
reclutamiento -mayoritario- de personas procedentes del servicio civil.
UN MODELO DE EJERCICIO DE LA FUNCIÓN
DIRECTIVA
La búsqueda de un modelo comunmente
aceptado en el que basar una noción de referencia para la práctica de la
dirección es, en cualquier caso, una tarea difícil, pero esta dificultad se
acrecienta, a nuestro juicio, cuando hablamos de dirección pública. Hay
todavía, poco arraigo de la función directiva en el repertorio de modelos y
convicciones interiorizados por las organizaciones y sistemas públicos, lo que
difumina los contornos de la noción misma de gerencia pública y la hace
susceptible de aproximaciones y formulaciones diferentes.
Es este carácter aún borroso de la
figura lo que justamente está haciendo a la función directiva vulnerable a
peligros de deriva que la alejan a veces de su razón de ser. En particular, son
evidentes los peligros de apropiación de la función de dirigir por los actores
tradicionales antes mencionados (Longo:1999b). Así ocurre cuando la figura se
politiza, asumiendo un sesgo clientelar, colonizador del espacio directivo por
las clases políticas y los intereses partidarios. También es el caso cuando la
dirección se burocratiza, convirtiéndose en mera ejecución de normas o
aplicación de procedimientos y pautas inercialmente definidas, y alejándose de
la responsabilidad por los resultados, como ocurre cuando la función pública
ordinaria la fagocita y hace suya, desnaturalizándola.
No defendemos, desde luego, la
existencia de un modelo único y excluyente de referencia para el ejercicio de
la dirección pública. Sin perjuicio de ello, nos parece que goza merecidamente
de amplio conocimiento y extensa aceptación el propuesto por la Kennedy School of
Government de la Universidad de Harvard, expuesto entre otros por Mark Moore
(1995) quien considera al directivo como un “creador de valor público”.
Para el autor norteamericano, esta
creación de valor implica la actuación en tres esferas interrelacionadas. La
primera -la gestión estratégica- supone que el directivo reflexiona
estratégicamente, produce ideas acerca de cómo la organización -cualquiera que
sea la escala de la misma- que se ha puesto a su cargo puede crear el máximo
valor; se lantea, si es el caso, transformar los presupuestos sobre los que
venía actuando, reformular la misión, innovar cuando las circunstancias lo
aconsejen.
Para desarrollar esta estrategia, el
directivo necesita operar en una segunda esfera -Moore la llama political management,
que traduciremos, no sin reservas, como gestión del entorno político- al objeto
de obtener la legitimidad, las autorizaciones, el apoyo, la colaboración y los
recursos necesarios, gestionando para ello las relaciones con un grupo de
actores, internos y externos, que constituyen su entorno autorizante.
Este entorno incluye ante todo a sus
superiores políticos, pero también a todos aquellos actores sobre los que el
directivo no goza de autoridad formal: otros directivos, de su misma
organización o de otras, grupos de interés, ciudadanos, medios de comunicación…
Por último, trabajando en la tercera
esfera -la gestión operativa- debe conseguir que la organización a su cargo,
compuesta por el conjunto de medios y recursos situados bajo su autoridad formal,
actúe eficaz y eficientemente para lograr los objetivos perseguidos, y asumir
además la responsabilidad por los resultados alcanzados.
Este último sería el terreno más
conocido y convencionalmente aceptado del ejercicio de la dirección, pero la
función de dirigir quedaría, como subraya Moore, empobrecida, si nos limitamos
a él, ignorando las esferas del management estratégico y político. Ello
supondría pedir a un directivo público menos de lo que nuestras sociedades
están habituadas a exigir de un directivo privado, de un ejecutivo de empresa.
Es más, probablemente la complejidad de los problemas afrontados por el sector
público y lo intrincado de sus entornos autorizantes, convierten estas esferas
de la gestión en más exigentes en el ámbito público que en el privado. Bourgault
y Savoie (2000:376), en un reciente trabajo sobre el servicio civil superior
canadiense, resaltan esta dimensión de la función gerencial pública, en forma
coincidente con el modelo descrito.
La adopción del modelo de la KSG
como referente es compatible con una visión contingente del trabajo directivo.
El éxito o fracaso de éste implica requerimientos que operan de manera distinta
en diferentes contextos, como pone de manifiesto la tipología de perfiles
directivos de Strand (1987), útil como marco analítico para reconocer diversos
grados y formas de manifestación del liderazgo en la gerencia pública. Jugando
con dos dimensiones, el grado de estabilidad/cambio, por una parte, y la
orientación preferente a regularidad/resultados, por otra, presenta una
tipología de directivos públicos formada por cuatro arquetipos: el
administrador, el productor, el emprendedor y el integrador, cada uno de los
cuales podría ser visto como una concreción distinta del directivo genérico de Moore,
en circunstancias específicas y diferentes.
Esta aproximación de base a la
función directiva pública, sin duda exigente, resulta coherente con la que se
desprende de los trabajos más recientes del Comité de Gestión del Servicio
Civil del Reino Unido (Civil Service Management Board - CSMB),
destinados a la producción de un modelo de competencias directivas para el
Servicio Civil Superior. Los "valores" y "temas" que
configuran el modelo básico de dirección pública para el CSMB incluyen
elementos como innovación, creatividad, aprendizaje, mirada
abierta al exterior, trabajo en alianzas o redes, junto a otros más
propios de la gestión operativa.
UN MARCO INSTITUCIONAL DE FUNCIÓN
DIRECTIVA PÚBLICA
¿Qué arreglos institucionales
posibilitan la existencia de la dirección pública, entendida con el alcance que
se desprende de las reflexiones anteriores? ¿Cuáles son los principales
elementos configuradores de un ecosistema institucional capaz de hacer viable
el pleno desarrollo y consolidación de la gerencia profesional en los gobiernos
y organizaciones del sector público? Emprendemos un intento de dar respuesta a
estos interrogantes, con el propósito de avanzar ideas y suministrar elementos
para el debate y la reflexión congresual, más que con la pretensión de llegar a
conclusiones definitivas sobre los mismos. Con este alcance, nos parece que las
reglas de juego formales e informales precisas para que la gerencia profesional
fructifique en los sistemas públicos deben garantizar ante todo la existencia
de un marco de responsabilidad directiva, integrado por cuatro elementos
básicos, que avanzamos a continuación.
Un ámbito de discrecionalidad
No existe ejercicio de la dirección
sin la capacidad para realizar opciones y tomar decisiones. No hay gerencia
donde la actividad es, en lo fundamental, de mera aplicación de normas o
ejecución de instrucciones dimanantes de otros. Cuando lo que se espera del
servidor público, como sucede en el modelo burocrático de administración,
cuando menos en su formulación más arquetípica, es la aplicación impersonal de
reglas y la observancia fiel de procedimientos preestablecidos, la atribución
de autoridad jerárquica no equivale a la habilitación real para el ejercicio de
una función directiva, entendida como es común, por ejemplo, en el mundo de la empresa.
Por ello, los reformadores
británicos de los años 1980 acuñaron la expresión right to manage para
aludir al necesario ensanchamiento de la discrecionalidad directiva exigido por
su propósito de “gerencializar” los servicios públicos. La pretensión misma de
hacer a los ejecutivos públicos responsables ante el poder político llevaba
consigo la necesidad de ampliar el grado de autonomía para decidir.
Sólo así cabía introducir mecanismos
de rendición de cuentas sobre los resultados de la gestión, yendo más allá de
los controles procedimentales típicos de las burocracias, incapaces de asegurar
la eficacia y eficiencia en los procesos de producción de los servicios.
Para la construcción de este ámbito
de discrecionalidad directiva resulta imprescindible transformar, respecto de
las que caracterizan a las burocracias tradicionales, las relaciones de los
directivos con dos instancias de poder diferentes, dentro de las organizaciones
públicas: Estas instancias son los políticos de gobierno, por una parte, y las tecnoestructuras
por otra.
En lo que respecta a los primeros,
el ensanchamiento de la autonomía directiva se produce a modo de una delegación
formalizada, institucionalizada, y no episódica o meramente voluntaria. Podemos
hacer comprensible el alcance de esta delegación si la caracterizamos como una
renuncia estable a la interferencia política en la esfera de las decisiones
propias de la gestión. La decisión política se reserva preferentemente a la
formulación de prioridades y líneas de actuación estratégica, y a la asignación
de los recursos, en tanto que la gerencia asume la responsabilidad de dirigir
los procesos mediante los cuales se implementan las políticas y se producen y
proveen los servicios públicos. Ni que decir tiene que la distinción entre
ambos campos es borrosa, y que la dificultad para delimitarlos oscila
dependiendo de diferentes variables, que concurren a su vez de modo heterogéneo
en las diferentes áreas de acción pública. Los diseños institucionales en los
que la gerencia pública se ha desarrollado especialmente han dotado a este
nuevo marco relacional entre políticos y directivos de una base contractual (el
formato principal-agente) que, más o menos formalizado, ha intentado explicitar
en lo posible en cada caso las nuevas reglas de juego. Los contratos o acuerdos
de gestión, o public service bargains (Hood: 2000) han caracterizado a buena
parte de las reformas en diferentes países.
La segunda instancia afectada por
esta ampliación del margen de actuación del directivo es la constituída por las
tecnoestructuras, esto es, (Mintzberg: 1984,56), los órganos que asumen dentro
de las organizaciones las responsabilidades de normalizar, estandarizar,
planificar y controlar la actuación de las instancias de línea o directamente
productivas. Se incluye aquí a los interventores, directores de presupuesto, de
personal, controllers, gestores o supervisores de aprovisionamientos, gabinetes
de organización y métodos, etc. La capacidad para dirigir es inseparable de la
posibilidad de tomar ciertas decisiones sobre áreas como los recursos
financieros o humanos, lo que entra en colisión con las prácticas,
habitualmente centralizadas, de las burocracias públicas. La transformación del
marco relacional se produce aquí, por consiguiente, en forma de transferencia a
los gestores de facultades anteriormente retenidas por órganos de la tecnoestructura.
Éstos, a su vez, ven cambiar sustancialmente su papel en las organizaciones
como consecuencia de los cambios en los sistemas de control, a los que
aludiremos enseguida.
La apertura del espacio que hace
posible el margen de discrecionalidad propio de la gerencia requiere de un
diseño institucional descentralizado (Pollitt, Birchall y Putnam: 1998). Allí
donde no encontramos este tipo de diseño, o donde la descentralización es
insuficiente, ambigua, oscilante o meramente retórica, un elemento fundamental
del marco de responsabilidad propio de la dirección pública estará
irremisiblemente en cuestión.
Un sistema de control y rendición de
cuentas
Hablar de un marco de
responsabilidad gerencial implica la existencia de unos mecanismos formales de
control del rendimiento del directivo. Tales mecanismos pueden ser vistos como
el contrapunto necesario a la existencia de un entorno descentralizado, en el
que el directivo opera con un margen significativo de decisión, conforme ha
sido apuntado. Este contrapunto constituye la base del contrato o acuerdo de gestión,
más o menos formalizado, al que antes nos referíamos.
Los controles propios de la
dirección, aquéllos que resultan coherentes con la existencia del ámbito de
discrecionalidad al que hemos hecho referencia, son, preferentemente, los que
operan sobre los resultados de la actuación gerencial. Como describe la teoría
de la organización, los sistemas de planificación y control sobre resultados (a
diferencia de los que normalizan y controlan acciones o procedimientos) se
hacen presentes básicamente al principio y al final del ciclo de gestión, esto
es, en los momentos en los que se definen metas y se asignan recursos, y
aquellos en los que se evalúan los resultados (Longo: 1999a, 220). En los
estadios intermedios del ciclo, son controles hands off, que toman la
forma de un seguimiento con voluntad de no intervenir, salvo excepción, que
queda reservada a supuestos de desviación muy significativa de los estándares
de resultado o de procedimiento establecidos. Sólo así, los controles son
compatibles con la rendición de cuentas y la exigencia de responsabilidad por
los resultados.
El control del rendimiento forma
parte de los must de la gestión pública contemporánea. Sin embargo,
resulta a veces más fácil encontrarlo en los textos que en la práctica
organizativa. Dificultades de diferente signo conspiran contra su incorporación
a las maneras estables de hacer de las administraciones. Los expertos han
destacado (Mendoza: 1993, 44 y ss.) cómo su implantación, más allá de los
obstáculos técnicos, enfrenta las resistencias propias de un cambio cultural trascendente,
que debe ser adecuadamente gestionado.
Lo que importa ahora señalar es que
la ausencia o debilidad del control del rendimiento perjudica seriamente al
escenario institucional que favorece la existencia y arraigo de la dirección
pública, tal como, creemos, ésta debe ser entendida y defendida. Cuando este
déficit de accountability se da en entornos descentralizados, conduce a
la formación de feudos tecnocráticos y evoluciona hacia la fragmentación
patológica de los sistemas públicos, que tienden a quedar privados de los
elementos de cohesión global imprescindibles. Una parte no pequeña de los
procesos de creación de organismos y empresas públicas en nuestras
administraciones han adolecido, probablemente, de estas deficiencias. En tales
escenarios, las reglas e incentivos que estimulan un ejercicio eficaz y
responsable de la gerencia tienden a brillar por su ausencia.
Desde luego, la eficacia de un
sistema de control de rendimiento de la práctica directiva basado en resultados
tiene que ver no sólo con la existencia de reglas formales que lo impongan, y
de sistemas de información que lo alimenten, sino también con el desarrollo, en
las tecnoestructuras organizativas, de nuevas capacidades de control. El cambio
en la tipología predominante de los controles supone, en las organizaciones, la
gestión de procesos de transformación y aprendizaje que no suelen resultar
fáciles. La existencia de sólidas tecnoestructuras de nuevo tipo, técnicamente
cualificadas y adaptadas a la nueva filosofía de controles, y ejerciendo éstos
con plena eficacia, forma parte del panorama institucional en el que la
gerencia pública fructifica.
Un régimen de incentivos
La concurrencia de los dos elementos
que acabamos de mencionar y describir configura por sí misma un marco que
incentiva el ejercicio de una función directiva responsable. No obstante, el
repertorio de incentivos quedaría incompleto si no se le añaden mecanismos de
reacción que, siendo coherentes con el control de los resultados, vayan más
allá de la mera apreciación de éstos. En concreto, nos parece imprescindible la
existencia de un régimen de premios y sanciones asociados a la evaluación del
rendimiento directivo. Sin éste, cualquier sistema de control quedaría,
previsiblemente, privado de eficacia a largo plazo.
Si bien en materia de control del
rendimiento las especificidades de la gestión pública introducirían notables
modulaciones y matices respecto de la práctica en el sector privado (la noción
misma de resultados, y no digamos la de rendimiento, podrían ser susceptibles
de ello), en materia de premios y sanciones nos parece que la proximidad entre
ambos mundos puede ser mayor, cuando menos en lo que respecta al contenido de
unos y otras. De hecho, al igual que ocurre en el mundo de la empresa, los
principales estímulos de signo positivo se relacionan con las políticas y
prácticas de carrera y compensación, sin excluir, desde luego, otros. En cuanto
a los estímulos de signo contrario, la vinculación de la permanencia en el
cargo a un rendimiento positivo, o cuando menos aceptable, sería sin duda el
más importante.
Las diferencias más significativas,
en este campo, entre los ámbitos privado y público, habría que referirlas a los
mecanismos de administración del sistema de incentivos. En este punto, la
necesidad de preservar el carácter profesional de la dirección pública, en un
universo organizativo dirigido por la política, obliga a introducir algunos
mecanismos de garantía más consistentes que en el mundo empresarial, destinados
a evitar que el manejo de la gerencia pública derive en prácticas arbitrarias o
clientelares, o simplemente que las lealtades políticas o personales se
impongan sobre las consideraciones de competencia profesional y rendimiento
(Longo:1999b) Lo anterior no quiere decir que tales garantías deban dar lugar a
un universo común de normas que integre la dirección pública profesional en la
función pública ordinaria. Por el contrario, creemos que la puesta en pie de un
régimen de incentivos capaz de estimular adecuadamente la aparición y detección
de vocaciones directivas y el ejercicio de la dirección pública exige pautas
específicas de flexibilidad, similares a las que se dan en las empresas y
superiores a las que caracterizan normalmente a las regulaciones generales del
empleo público. La vinculación clara de la continuidad en el cargo, la carrera
y la retribución a los resultados formarían parte de las reglas de juego
capaces de hacer posible ese marco de premios y sanciones.
Esa convicción parece haberse
abierto paso entre los reformadores que, como antes indicábamos, han impulsado
cambios en este campo en el ámbito de las democracias avanzadas. La creación de
estatutos específicos para el personal directivo, que destacábamos como
orientación frecuente, responde a esta necesidad de combinar los mecanismos de
garantía de la profesionalidad gerencial con la posibilidad de aplicar reglas
de gestión de recursos humanos adaptadas a los puestos de dirección.
Un conjunto de valores de referencia
El cuarto y último elemento configurador
del marco de responsabilidad directiva que estamos intentando describir apunta
a la dimensión menos tangible del mismo, y se identificaría con un ethos,
o conjunto de valores rectores del ejercicio de la función directiva pública,
capaces de dotar a ésta de una identidad axiológica propia, diferente de la que
caracterizaría a los demás actores presentes en los sistemas políticoadministrativos.
De esta identidad derivarían
orientaciones, pautas de acción y límites o restricciones, configurando un
patrón de conducta o conjunto de “rutinas institucionales” (March y Olsen:
1989, 21 y ss.) de los directivos públicos, basadas en una lógica de lo que
resulta apropiado y de lo que no lo es.
A nuestro juicio, el ethos específico
de la dirección pública tiene como eje los valores de racionalidad económica.
Entendemos ésta, utilizando para ello el léxico popularizado por Moore (1995),
antes mencionado, como creación del máximo valor público posible, mediante la
utilización eficiente de los recursos asignados. El directivo opera en el
contexto de un mandato implícito de signo optimizador del conjunto de medios
puestos a su disposición.
Hablar de racionalidad económica no
debe, por tanto, ser confundido con orientaciones economicistas, centradas en
la mera reducción de costes, o con la aplicación de criterios de rentabilidad
que ignoren, en la acción pública, las dimensiones menos susceptibles de medida
cuantitativa o las externalidades positivas concurrentes en cada caso.
Significa, por el contrario, un propósito maximizador del impacto,
permanentemente consciente de manejar recursos escasos, que evalúa y hace
transparentes de manera sostenida los costes de cada intervención y servicio, incluídos
los de oportunidad, y se hace por ello responsable por el funcionamiento
racional del sistema, en la parte que se ha sometido a su autoridad formal. El value
for money popularizado por los reformadores británicos expresaba de forma
elocuente este ethos gerencial.
Si bien la racionalidad económica no
es, desde luego, patrimonio exclusivo de la gerencia, e incorpora valores que
pueden ser compartidos con alcance más general, ninguno de los otros dos
grandes actores institucionales: los políticos y los profesionales al servicio
de la administración, la incorporan como eje constitutivo de su ethos específico.
Digamos, sin ánimo de profundizar ahora en ello, que los valores dominantes se
situarían, en el primer caso, en torno a la noción de representatividad, y en
el segundo incorporarían los modelos deontológicos propios de cada profesión
pública. Son los managers los actores que aportan a los sistemas políticoadministrativos
esta orientación valorativa específica, y por ello la incorporación de la
eficiencia a los modos de pensar y hacer las cosas en las administraciones es
inseparable del desarrollo de la dirección pública, de la que es, a un tiempo,
efecto y causa.
El que ello sea así es,
precisamente, lo que justifica la atribución a los directivos del “derecho a
gestionar”. Es el hecho de protagonizar en exclusiva, entre los actores
institucionales de los sistemas públicos, esta orientación dominante la base
que fundamenta la incorporación, por el diseño institucional, de un espacio
gerencial razonablemente protegido de la intromisión política y la interferencia
burocrática. Y a su vez, sólo el mantenimiento de dicha identidad valorativa -y
su traducción en resultados de gestión coherentes- legitima el mantenimiento de
tal margen de discrecionalidad.
Estas consideraciones vendrían a
sustentar la argumentación de Richards (1994), que antes mencionábamos, acerca
de la irrupción de la dirección pública, vinculándola a la crisis fiscal del
estado de bienestar, y a la necesidad de impulsar mejoras de eficiencia. En
cualquier caso, parece indudable que los escenarios de dificultad financiera
han favorecido en ciertos casos las reformas administrativas de signo gerencialista,
sin que ello signifique atribuir a unos y otras una relación de causalidad que
quedaría desmentida por el análisis de otras experiencias.
ÁREAS DE INTERVENCIÓN PARA LA
INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA DIRECCIÓN PÚBLICA
¿Qué reformas, o simplemente qué
líneas de intervención sobre la realidad, son necesarias para alcanzar un grado
de desarrollo de la dirección pública que permita hablar de “institucionalización”
de ésta, esto es, de una incorporación al sistema público del marco de
responsabilidad que acabamos de describir, así como de un estadio de
consolidación que dote al mismo de una estabilidad razonable? Intentamos a
continuación dar respuesta a estos interrogantes, pasando revista para ello a
las diferentes áreas en las que nuestro juicio habría que intervenir.
La estructura organizativa
La estructura, o conjunto de las
formas que la organización adopta para dividir y coordinar el trabajo (Mintzberg:1984)
es una de las principales áreas afectadas. Dos son las principales variables de
diseño estructural en las que un propósito institucionalizador de la dirección
pública exige reformas significativas:
a) La primera de ellas se relaciona
con la ubicación del poder de decisión y el juego centralización/descentralización.
El hábitat estructural favorecedor del arraigo y desarrollo de la gerencia
pública exige -como vimos antes- diseños descentralizados, si los comparamos
con los patrones estructurales propios de las burocracias públicas
tradicionales. Hablamos de una descentralización vertical limitada, en la que
una parte del poder de decisión fluye y se desplaza desde el vértice
estratégico (dirección política) y la tecnoestructura, y fortalece la capacidad
decisoria de la parte superior de la línea media (directivos de línea). Como
vimos antes, la configuración de un espacio de discrecionalidad directiva exige
tanto la delegación estable de poder decisorio cuanto la transferencia de
facultades de gestión sobre los recursos.
b) La segunda apunta a la
construcción de sistemas de planificación y control basados en resultados,
aptos para fundamentar un adecuado control del rendimiento directivo, lo que
implica igualmente una mutación significativa de la tipología de controles y de
la administración de éstos, a lo que se hizo ya referencia.
La intervención sobre la estructura
es condición no suficiente, pero sí necesaria, para la institucionalización de
la dirección pública. El nuevo marco de responsabilidad se asienta en un diseño
estructural que las burocracias públicas, tanto las de lógica maquinal (áreas
tradicionales) como las de lógica profesional (servicios a las personas), no
asumen como propio. Cuando los directivos públicos, como es harto frecuente, se
ven obligados a desempeñar su tarea en estos marcos estructurales, lo normal es
que se produzcan toda clase de “ruídos” organizativos, consumidores de ingentes
energías, y limitadores tanto de los resultados de gestión como de la
consolidación a largo plazo de la gerencia pública.
Las reglas formales de GRH
El marco jurídico regulador de las
políticas y prácticas de gestión de los recursos humanos es, sin duda, otra de
las áreas de intervención. Esta intervención tiene, como se desprende de consideraciones
anteriores, dos finalidades principales:
a) Disponer de un sistema formal de
gestión del personal que ejerce funciones directivas, que asuma como principio
rector la profesionalidad de éste, lo que lleva consigo la existencia de
garantías jurídicas capaces de proteger el manejo de la gerencia pública de la
politización y la arbitrariedad.
b) Incorporar regulaciones que
logren la finalidad anterior mediante mecanismos adecuados para la gestión de
personal directivo, lo que implica regulaciones específicas en materia de
reclutamiento, nombramiento, carrera, retribución y cese, más flexibles que las
que son propias de la función pública ordinaria. La intervención en este campo
deberá afrontar, por una parte, la tendencia frecuente a ocupar mediante
nombramientos de signo político una franja excesivamente amplia de las
funciones de dirección -desviación a la que, en otro momento (Longo: 1999b, 34
y ss.) hemos llamado “colonización” del espacio directivo- y por otra parte la
pretensión de burocratizar la dirección pública imponiendo a la misma un patrón
homogeneizador de regulaciones que la aproxime a la función pública
tradicional, concibiéndola a modo de un escalón superior del escalafón
funcionarial.
Como hemos visto, una de las formas
mediante las que en diversos países se ha pretendido lograr estas finalidades
ha sido la elaboración y aprobación de estatutos específicos del personal que
realiza funciones directivas, lo que no implica que no puedan existir otras
líneas de reforma capaces de producir resultados similares. Lo importante será
conseguir que las reglas formales que enmarcan la gestión de las personas que
ejercen funciones directivas faciliten, con la flexibilidad y adaptación
precisas, la detección de competencias directivas, su ubicación en los puestos
más adecuados, su estímulo y motivación permanentes, su movilidad y relevo en
caso necesario; en definitiva, el conjunto de políticas y prácticas de personal
exigidas por una gestión moderna y eficaz de los recursos humanos directivos.
Las competencias gerenciales
De poco serviría en la práctica lo
anterior sin la existencia de directivos capacitados para desempeñar el papel
que les hemos reservado. La institucionalización de la dirección pública
requiere -diríamos en el léxico actual de la gestión de recursos humanos-
directivos dotados de las competencias precisas.
Las competencias, o “características
subyacentes a una persona, causalmente relacionadas con una actuación exitosa
en un puesto de trabajo” (Boyatzis, 1982) son utilizables como un patrón o
norma para la selección del personal, la planificación de las carreras y la
sucesión, la evaluación del desempeño y el desarrollo personal (Hooghiemstra,
1992). Ello las convierte en un eje central de los sistemas de gestión de las
personas, tal como hoy se entienden y practican en un número creciente de
empresas y organizaciones de todo tipo.
En otro lugar (Longo:2002) hemos
intentado profundizar en la noción de competencias y su aplicabilidad al
desarrollo de directivos públicos. Nos limitaremos aquí a recordar que la
noción de competencias trasciende la de conocimientos técnicos. La cualificación
directiva depende de un conjunto de atributos entre los que deben incluirse los
motivos, rasgos de carácter, conceptos de uno mismo, actitudes o valores,
destrezas y capacidades cognoscitivas o de conducta. La combinación de estas
cualidades en perfiles de competencias directivas capaces de prefigurar un
rendimiento de éxito obliga a procesos de definición que poseen una fuerte
carga situacional. Por ello, el análisis del contexto es una parte muy
importante de los mismos. La definición de perfiles de competencias adaptados a
la realidad es un primer paso imprescindible para emprender prácticas de
gestión destinadas a fortalecer la capacidad directiva de las organizaciones
públicas.
El logro de una masa crítica de
directivos competentes exigirá, a partir de aquí, la puesta en marcha de
vigorosos programas de desarrollo directivo, combinando para ello diferentes
tipos de políticas de recursos humanos: desde el reclutamiento a la
compensación, la carrera, la evaluación o la formación. Sin duda, todo ello
aparecerá más o menos facilitado o dificultado por los logros alcanzados en las
reformas a que se refieren los dos apartados anteriores. A su vez, como
insistiremos más adelante, la expansión de las competencias directivas puede
ser vista como un factor dinamizador de los cambios estructurales y normativos
mencionados.
La cultura política y las culturas
organizativas
Sin duda, la institucionalización de
la dirección pública en los sistemas públicos tiene importantes connotaciones
de cambio cultural. La cultura todavía dominante en aquéllos, entendiendo por
tal el conjunto de reglas informales, los modelos mentales, la percepción de lo
que es apropiado en cada caso y las pautas de conducta resultantes, está lejos
de haber interiorizado el management, la gerencia pública. Ésta se
configura más bien como un nuevo orden cultural, en buena medida una
“contracultura”, en relación con la tradición burocrática, aún hegemónica en la
mayor parte del entramado organizativo público.
A nuestro juicio, el cambio cultural
necesario para el arraigo y desarrollo de la dirección pública debe producirse
sobre todo en dos frentes, de escala diferente: el de la cultura política
global de la sociedad, y el de la cultura interna de las diferentes
organizaciones públicas.
El primero de estos frentes implica
una puesta al día de nuestra cultura política, en particular en lo que respecta
a las relaciones entre política y administración. La superación de lo que en
otro lugar (Longo:1999b, 36) hemos llamado “metafísica de la confianza”,
legitimadora de visiones colonizadoras de la gerencia pública por las clases
políticas, resulta imprescindible. En la base de esta nueva cultura de autolimitación
de la política hay, por una parte, una nueva manera de concebir la forma de
dirigir las instituciones y, por otra, una convicción de que la existencia de
una administración profesional -de la que la dirección pública es una parte
inseparable- constituye una seña de identidad de las democracias avanzadas. Son
ya muchas las evidencias de que estos modelos autolimitadores, respetuosos del
espacio propio de la gerencia pública, no “despolitizan” las administraciones,
sino que producen ordinariamente, por el contrario, un mayor control de las
organizaciones públicas por la política.
El segundo frente apunta al
repertorio de asunciones tácitas compartidas que configurarían (Schein:1999) el
sustrato cultural profundo de las organizaciones públicas. Lo que hallamos
aquí, en la mayoría de los casos, son entornos culturales que representan,
simbolizan y legitiman diferentes modalidades de coexistencia e interacción
entre los dos actores de la tradición weberiana: políticos y funcionarios, o,
lo que es lo mismo, diversas manifestaciones concretas del paradigma
burocrático de administración pública, al que son ajenas, como hemos visto, la
figura y el papel del manager público. La dirección pública profesional
asentará necesariamente su consolidación en una superación de estos elementos
culturales, lo que supone hablar de procesos por fuerza largos y graduales, que
estimularán y serán a un tiempo estimulados por los avances en las restantes
áreas de intervención que hemos mencionado.
RETOS Y DIFICULTADES
¿Por dónde empezar? ¿Cuáles son el itinerario,
el mapa, los compañeros de viaje y los vehículos que conducen a un escenario de
institucionalización de la dirección pública? ¿De qué variables depende que los
esfuerzos reformadores de las administraciones sirvan para arraigar y
consolidar modelos de gerencia profesional en los sistemas públicos? Tras
hablar fundamentalmente de contenidos, dedicamos este último apartado a
reflexionar sobre estas cuestiones en clave de proceso de cambio.
Una primera cuestión puede surgir en
relación con las áreas de intervención indicadas en el apartado anterior: la de
en qué orden y con qué prioridades diseñar una estrategia de cambio. ¿Debe
cambiarse de entrada el marco legal para viabilizar las demás reformas?¿Hay que
afrontar ante todo una ofensiva cultural que vaya creando el caldo de cultivo
necesario? ¿Son previas las reformas estructurales? ¿Hay que crear primero
capacidades directivas?
Nos parece que no existe una
respuesta genérica a estas preguntas. No hay un único camino posible. Por otra
parte, las estrategias de cambio más acertadas serán las que se basen en el
conocimiento más próximo posible de la realidad. Las circunstancias
concurrentes en cada contexto institucional pueden imponer significativas
diferencias de enfoque. Dicho esto, parece evidente que la intervención
decidida y en paralelo sobre las cuatro áreas mencionadas constituría -de ser
factible- la opción más contundente, ya que, como hemos insistido, cada una de
las líneas de intervención que hemos citado retroalimenta las demás, y es
estimulada al mismo tiempo por ellas. El problema es que tales enfoques
sistémicos sólo están al alcance de empeños reformadores globales dotados a la
vez de una clara visión y voluntad de cambio, y de un consistente poder
político. No siempre es el caso. Sin pretensión de generalizar, puede decirse
que el desarrollo de directivos, asumido como prioridad de intervención en un
número creciente de casos en nuestro entorno próximo, está desempeñando un
importante papel dinamizador.
Las organizaciones públicas que, a
falta de capacidad para impulsar otras reformas, invierten en crear y
desarrollar directivos, utilizando como referentes modelos de gerencia pública
del tipo que hemos descrito, interiorizan estímulos para el cambio que pueden
acabar por impulsarlo en otros campos. Volveremos enseguida sobre esta idea.
Algunos factores nos parecen
particularmente relevantes para la producción de procesos de
institucionalización de la dirección pública. Nos referimos a ellos a continuación,
intentando argumentar, por una parte, su importancia, y señalando por otra los
obstáculos más significativos.
Liderar con tenacidad cambios
complejos
No parece necesario insistir en la
necesidad de un liderazgo dotado de la visión necesaria, y capaz de
transmitirla y concitar adhesiones. Como en todo cambio complejo, la conducción
del mismo necesita de una dirección comprometida y coherente. Sin ánimo de
entrar aquí a describir el papel y características de ese liderazgo, sí
enfatizaremos la importancia crucial que tiene en este caso la capacidad para
crear una sensación de necesidad y urgencia (Kotter: 1996, 35 y ss.), sin la
cual resultaría imposible conseguir que las organizaciones públicas lleguen a
poner en cuestión, desembarazarse y sustituir paradigmas profundamente
arraigados y tradiciones que cuentan con muchas décadas de antigüedad. Es por
eso, creemos, que el impulso a la gerencia pública se apoya preferentemente,
como vimos, en escenarios críticos, como lo son, entre otros, los ajustes presupuestarios,
favorecedores del cuestionamiento de las rutinas, y permeables a ideas y
prácticas transformadoras.
No está escrito dónde encontrar un
liderazgo así. Ciertamente, en nuestro contexto institucional las agendas
políticas de los gobiernos no incluyen ordinariamente entre sus prioridades los
temas que venimos abordando. Sin embargo, pocos negarían el desarrollo de la
gerencia pública entre nosotros, pese a los déficits de institucionalización constatables.
El impulso a procesos de gerencialización puede ser constatado en instancias y
circunstancias diversas: hay ejemplos producidos a escala muy diferente, desde
la global y sistémica hasta la sectorial y reducida; intervenciones de carácter
episódico y otras sostenidas tenazmente en el tiempo; desarrollos centralizados
y contundentes, “de arriba hacia abajo”, o, por el contrario, periféricos,
graduales y participativos.
Una de las preguntas que cabría
hacerse es la de por qué en Cataluña la dirección pública ha conocido un grado
relativamente alto de arraigo y expansión en el mundo local. En nuestra
opinión, han contribuído a ello diversos factores como:
a) la existencia de tradiciones
burocráticas menos sólidas;
b) el choque de esas tradiciones con
una demanda social muy próxima;
c) el alto contenido prestacional de
la acción pública local y sus consiguientes necesidades de “empresarialidad”;
d) la crisis financiera producida
por una fortísima expansión de la oferta de servicios;
e) la propia fragmentación municipal
y su ubicación en la periferia del sistema políticoadministrativo, y
f) sin duda, la aparición de
liderazgos políticos que han interiorizado visiones transformadoras acerca de
cómo dirigir las organizaciones locales.
Todo ello no ha evitado la
existencia de notables contradiciones y déficits a los que hemos aludido en
otros lugares (Longo: 1998 y 1999b), con alguna extensión. Una de las
exigencias que plantea la institucionalización de la gerencia pública, y probablemente
una de las mayores dificultades, es la de mantener visiones de largo plazo,
capaces de dotar de continuidad a procesos de cambio que, por su propia
naturaleza, son de largo alcance. Es un tema recurrente de la gestión pública
el de las restricciones que el ciclo político, por favorecer una lógica
predominantemente cortoplacista, impone a la consolidación de las innovaciones.
Sólo liderazgos dotados de la persistencia y tenacidad necesarias son capaces
de vencer este tipo de obstáculos.
Impulsar la formación de directivos
La formación de directivos públicos
es sin duda una de los ejes básicos de estos procesos. La dimensión dual de la
formación (transmisión de conocimientos y habilidades, y modificación de
actitudes y valores) la relaciona directamente con dos de las áreas de
intervención a las que antes nos hemos referido: por una parte, incrementa las
competencias directivas disponibles; por otra, contribuye de manera decisiva al
cambio cultural.
La formación de directivos públicos
ha conocido en todo el mundo una enorme expansión en las últimas dos décadas.
Como apuntábamos, la presencia en las organizaciones públicas de un número
creciente de directivos convencidos de su papel y dotados de las competencias
para ejercer como tales es, por sí misma, un factor dinamizador de los cambios
a los que nos estamos refiriendo. Su lógica propensión a exigir un espacio
propio, la incorporación a sus organizaciones de valores y modelos mentales
diferentes, que contrastan con la tradición burocrática, son elementos que
disponen de un indiscutible potencial transformador. La inversión en
capacitación ha sido, en muchos casos de nuestro entorno, un comienzo de
cambios importantes en las estructuras y maneras de hacer de las organizaciones
públicas. No es un mal comienzo, en nuestra opinión.
Lo que sería un error es pensar que la
formación, por su carácter, si se quiere, soft, a menudo más asequible y
fácil de gestionar que, por ejemplo, las reformas estructurales y legales, es
por sí misma la solución para institucionalizar la dirección pública. Cuando la
formación adquiere ese carácter totémico, puede llevar, por una parte, a
oscurecer el panorama y suministrar una imagen engañosa, por parcial, del
panorama de reformas necesarias, y, por otra, a la frustración de muchas
personas: aquéllas que, tras ser capacitadas como managers, y después de
intentar sin éxito encontrar el espacio y el apoyo para desempeñarse como
tales, acaban por comprobar que detrás de la inversión en formación no existía
un propósito deliberado de reformar en profundidad la administración y
consolidar la gerencia pública. Ni qué decir tiene que estos desenlaces
“queman” las reformas y producen aprendizajes organizativos de signo contrario
a los que estamos proponiendo.
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