El Compromiso Social de las Universidades de América Latina y el Caribe
Miguel Rojas Mix
Tengo
como inveterada costumbre cuando me comprometo en una conferencia u otro
ensayo, acercarme -Diccionarios mediante- a precisar los términos a que voy a
referirme. Siempre me ha resultado iluminador.
Así,
define el Diccionario de la
Real Academia Española Compromiso: Obligación contraída, palabra dada, fe empeñada. Y Social, diciendo
que alude al verbo socializar, y bajo éste se lee “Promover las condiciones sociales que, independientemente de las
relaciones con el Estado, favorezcan en los seres humanos el desarrollo
integral de su persona”. Curiosa limitación ésta. Los académicos de verba
conservadora impusieron al socializar una salvaguarda ideológica, sacaron al
Estado, seguramente para evitar que el concepto deslizara hacia socialismo.
Limitación que no encontramos en ninguna otra lengua ni siquiera en otro de los
grandes diccionarios castellanos como es el de María Moliner que dice
simplemente: Socializar: Promover la
adaptación e integración en la vida social de un individuo o de varios.
El sólo
hurgar en los códigos del lenguaje me hizo ver que entraba en un terreno
minado, advirtiéndome cuán difícil resulta hablar con imparcialidad del tema
que voy a abordar. Ya en la definición misma de las palabras se planteaba la
cuestión de la ingerencia o no del Estado.
Los
conceptos de América Latina y el Caribe los he tratado ampliamente en un libro,
Los cien nombres de América, al que me remito cuando aludo a ellos en esta
charla.
Para cerrar
estas reflexiones preliminares es todavía necesaria una reflexión sobre el contexto.
En esta
jornada, que se realiza en la Universidad Federal de Minas Gerais con el
patrocinio del IESALC (El Instituto de Educación superior de la UNESCO para América Latina
y el Caribe) resulta oportuno recordar el mensaje de la UNESCO. Uno de cuyos
principios axiales es promover una “educación
de calidad igual para todos”. Principio pertinente para esta charla, pues
es la base del compromiso social de todas las universidades.
Para
comprender su alcance en el marco de la universidad latinoamericana es preciso
agregar a este principio al menos dos vectores: el de finalidad y el de identidad.
La finalidad de la universidad no es servir al capital privado, sino al bien
público, recordando que dentro de éste está el capital privado, aunque privado
de hegemonía y condicionado por otras prioridades propias de la universidad
republicana. La identidad o las identidades son otro de los caballos de batalla
de la UNESCO,
las encontramos campantes en la cultura, relacionándose armoniosas en la
diversidad cultural y fundamentales en la idea de paz...
¿En qué consiste, pues, el compromiso
social de la universidad?
En
realidad es un compromiso amplio que se extiende sobre diversos campos
vinculados a la reproducción y perfeccionamiento del modelo social: la equidad,
la ciencia, la eficiencia profesional, la cultura y la identidad, el pluralismo
ideológico, la ética social, la conservación de la memoria histórica y de la
universalidad del saber, y la creación de masa crítica.
Todo esto
en el marco de un aggiornamiento permanente, que implica su actualización
frente al avance del conocimiento, y nuevos diálogos con interlocutores que
representan fuerzas de renovación social.
Finalmente,
más allá del compromiso nacional, la universidad tiene un compromiso
continental -por algo estamos aquí reunidos-. Compromiso que puede llegar hasta
la integración, especialmente en un continente desunido por la economía y la política
y unido por la cultura. Y desarrollar la cultura es misión de la universidad.
En este
sentido la universidad tiene un papel protagónico en la integración. Emana este
compromiso social de un mandato constitucional. El Estado delega una parte
importante de su responsabilidad social en el aparato educacional; en
particular en la educación superior. Misión social fundamental de la
universidad pública es garantizar la igualdad de oportunidades. Otras misiones
pueden ser incluso discordantes según las circunstancias. En cuanto aparato
ideológico del Estado, la educación reproduce el modelo de sociedad establecido
por la Constitución.
En cuanto espacio de libertad intelectual y progreso orienta
su acción a desarrollar el bien común, que es un bien social, y el pensamiento
crítico –incluso en la disidencia en casos de Estados dictatoriales- para
formar a los estudiantes en valores ciudadanos, democráticos y universales.
La
educación pública es la que está al servicio de la nación; es por ello que es
un bien público. Por cierto no quiere decir que no esté igualmente al servicio
de la ciencia, la tecnología, la cultura y la empresa. Pero el desarrollo de
estos campos son también de interés social y nacional.
Función
esencial de la universidad pública en América Latina ha sido desarrollar la
democracia. Ofrecer una educación que sea el principal factor igualitario de la
sociedad moderna. La educación es el arma clave contra la desigualdad. Está
llamada a eliminar las injusticias sociales en cada país y a reducir la
distancia entre países pobres y países ricos.
La
democracia convive mal con el mercado. La concepción neoliberal de la
democracia parte de la teoría del equilibrio que garantiza que la economía de
mercado regida por las leyes de la competencia perfecta tiende hacia el pleno
empleo y la asignación óptima de los recursos, con la sola condición de que el
Estado no intervenga en este proceso. Condición que la democracia tiene que
hacer respetar aunque sea negándose a sí misma. Concluyen que este proceso
consolida la democracia.
Pero la
realidad de los hechos es muy otra. Nunca han existido tantas democracias en el
mundo como hoy, lo que no ha impedido que las disfunciones económicas, nacionales
y mundiales sean hoy más graves y numerosas: el paro que no cesa, el hambre, el
aumento de las desigualdades. Muchos son los analistas que lo constatan. Cass
Sunstein (Free markets and social justice, Oxford Press 1997) señala que la mundialización al
operar en un espacio donde no existe Estado -el mundo- atribuye al mercado la
totalidad de las funciones que aseguran el funcionamiento del sistema y al
proceder de esta manera radicaliza la tendencia liberal de sustituir la
democracia por el mercado y lo político por lo económico.
A la vez,
no se puede olvidar que una política educativa que aspire a la igualdad de
oportunidades sólo tiene sentido si se consigue manteniendo una alta calidad de
la enseñanza. Tan absurdo sería repartir sin crecer como igualar por abajo a
costa de la calidad. Garantizar la igualdad de oportunidades es tanto más
importante en América Latina en cuanto esta es la región con mayores desniveles
de ingresos en el mundo, pero garantizándola con una exigencia de excelencia.
Es
evidente que el concepto de calidad varía con el tiempo y con el
cuestionamiento social a que la educación superior tenga que responder. Si
discutimos la educación desde su función integradora, en una comunidad iberoamericana,
por ejemplo, la cuestión es saber qué es oportuno aprender hoy en América
Latina. Una educación de calidad es aquella que permite a todos aprender lo que
necesitan para el momento y la circunstancia en que viven. Aprender a valorar.
Debe focalizar en primer término la pertinencia social e individual. Además de
pertinente debe ser eficiente y eficaz: la eficiencia es una virtud, el talento
de lograr un efecto determinado; la eficacia es una capacidad, la de obrar
poderosamente.
El modelo educativo neoliberal sólo
comprende la educación en términos de eficacia, olvida la eficiencia, la
pertinencia y descontextualiza la función cognitiva (la separa de su
responsabilidades sociales) en una óptica global multinacional. Y cuando discute
calidad de la educación sólo considera factores de eficacia.
La educación en valores asocia la función
cognitiva a una función formativa global capaz de promover vínculos con el
entorno y entender sus fines en los contextos sociales y de época. Apunta, como
veremos, a la formación del profesional social.
Por otra
parte le educación de calidad no termina nunca, pues el mundo cambia y cada vez
más rápido y el saber debe estar constantemente reciclándose porque la
exigencia formativa aumenta día a día.
Por ello
es necesario que el modelo universitario dote a los estudiantes de la capacidad
de “aprender a aprender” para que sigan aprendiendo a lo largo de su vida. La
universidad debe constituirse como una “aula abierta”. Por eso, no sólo se
justifica la educación pública con un argumento de equidad, sino también de
eficiencia: que la sociedad en la cual uno vive tenga un alto nivel educativo
no sólo hace la convivencia más soportable, sino que nos enriquece a todos, a
través de una mayor productividad.
Es indispensable
hacer del capital humano el principal recurso de todos cuantos disponemos. Sólo
así podremos pasar de la sociedad de la información a la sociedad del
conocimiento. El capital humano es un elemento clave para alcanzar mayor
productividad y para generar y adoptar nuevas tecnologías.
El
conocimiento tiende a tener rendimientos crecientes porque puede conservarse, aumentarse,
transmitirse y compartirse.
Cualquiera
que sea el concepto de desarrollo que se asuma, la cultura desempeña un papel
central, lo que confiere a la educación un valor esencial para el desarrollo
cultural.
Y esto
nos lleva al terreno de la cultura. Tres eran las funciones que Ortega y Gasset
atribuía a la universidad: la enseñanza de las profesiones, la investigación
científica y la transmisión de cultura.
La Universidad tiene diversas funciones culturales. La
de difusión es particularmente importante en países o ciudades periféricas que
tienen una limitada oferta para el esparcimiento al margen de la universidad.
En este caso, el que la universidad cuente con un aparato cultural que irradie
sobre la sociedad es de primera importancia. Instituciones culturales
vinculadas a la universidad: editoriales, museos, teatros, música y danza
tenemos cada vez menos, pero quedan algunas con enclaves culturales
importantes. Esta misma universidad de Minas Gerais así como UNAM y la de
Guadalajara en México son ejemplos destacados. Pero, sobre todo, es de
particular importancia el desarrollo de la cultura como identidad.
La
afirmación de la identidad en los estudios universitarios debe darle una
conciencia critica al estudiante para que no caiga en una inmadura admiración
por lo nuevo y lo que viene de fuera, antes de Europa, hoy especialmente de los
EEUU. Y comprenda que una forma colonial del pensamiento y moderna del
escolasticismo es repetir miméticamente como dogma de fe temas y conceptos
avalados por autores centrales. También en la valoración del pensamiento hay
centro y periferia. Esto obstruye la comunicación entre las aportaciones
clásicas, el pensamiento universal y las de la rica y plural cultura latinoamericana.
Hoy, la
amenaza de que en un mundo unipolar se imponga la cultura del hombre
unidimensional aparece cada vez más evidente. Es por ello que es preciso, sin
rechazar la tradición de las Luces, sin renunciar al imaginario de la
modernidad, dar centralidad a la perspectiva de los márgenes, construir nuevos
imaginario forjados en la relación entre las distintas vías a la modernidad. Es
una pulsión fuerte en América Latina que se manifiesta en el
neobolivarismo venezolano y en el renacer del indigenismo andino.
Ambas
tendencias se definen por su rechazo del Consenso de Washington, que organizaba
la integración de América Latina, en el marco del proceso de globalización.
Márgenes que aparecen como nodos en el sistema global y que introducen en
primer lugar una crítica al sistema de etapas de desarrollo, como único modelo
de crecimiento.
Modelo
éste que viene con la filosofía del progreso desde la Ilustración, con Vico
y Herder. Se difunde en el siglo XX a través de los modelos civilizatorios
occidentalistas, fundados en la morfología de la historia que anuncian la
decadencia con Spengler y Toynbee y pasan al pensamiento económico a través de
Rostow.
Respecto
a la globalización, uno de los grandes temas de nuestro tiempo, la universidad
debe discernir criterios de pertinencia. Para instaurarlos debe formar
culturalmente y entender la cultura, la cultura como identidad.
Tal como
la definió la
Conferencia Mundial de la UNESCO sobre políticas culturales, celebrada en
México en 1982. Sólo desde la cultura podemos crear criterios de pertinencia.
¿Qué son estos criterios? Simplemente las herramientas conceptuales, necesarias
para saber discernir en ese enorme caudal de información que nos trae la
globalización aquello que conviene a nuestro desarrollo y aquello que refuerza
nuestra identidad. Sólo así podemos pasar de la sociedad de la información a la
sociedad del conocimiento, que es la de la información seleccionada y
procesada.
La Sociedad de la información es ancha y ajena, pero
la sociedad del conocimiento puede y debe ser nuestra en un estado de derecho,
la universidad pública tiene que ser abierta y pluralista. Abierta a la
comunidad sin distinción de razas, clases sociales, o fortunas. Y, sobre todo,
sin distinción de religiones.
Una
universidad privada, en cambio, puede ser confesional y muchas lo son. La
pública no. El que una universidad sea confesional forma parte de la libertad
de enseñanza, pero no del pluralismo. La universidad pública tiene que
practicar la tolerancia activa y, en cuanto servicio público, es ella la que
puede asumir los principios de la
UNESCO.
En los
estados laicos es el Estado el que debe decidir de la formación del ciudadano.
Formación no es adoctrinamiento. El tema de la educación para la ciudadanía ha
demostrado en España lo que es el Estado laico y los peligros de la educación
confesional. Atacando la ley por desterrar los valores de la cultura católica
-según decían por imponer un curso de educación cívica y dejar como electivo el
de religión, la corriente confesional acusaba: “Estamos en el origen de una suplantación cultural del humanismo cristiano
que ha vertebrado Europa por un humanismo cívico y materialista que bajo un
ropaje democrático oculta su totalitarismo de origen”.
La vieja tradición
–en particular de la iglesia española- que buscaba la hegemonía dentro del
aparato del Estado, parece estar de vuelta. No es de extrañar si pensamos que
el pontificado de Benedicto XVI está derivando peligrosamente del
conservadurismo al integrismo como se advierte en las constantes concesiones a
los movimientos tradicionalistas, contrarios al Concilio Vaticano II. Pero
incluso en Estados donde el laicismo no tiene objeciones –como en Francia- es
difícil delimitarlo. La querella de los símbolos es un ejemplo
¿Qué es
el laicismo, el ocultamiento de los símbolos, lo que en definitiva es un
ocultamientos del otro, o la convivencia de todos los símbolos que implica que
en un estado multiétnico la identidad nacional que consolida el cuerpo social,
puede construirse sobre otras identidades que parten del respeto a las
creencias de cada ciudadano?
Este es
un tema particularmente importante en un mundo que se debate entre dos
tendencias: la diversidad cultural que se hace cada vez más presente por las
migraciones y la uniformización, a la que se tiende cada vez más por la
globalización.
La
diversidad cultural tal como lo estableció la convención de la UNESCO, en octubre del 2005
significa dos cosas: Integración en un marco más amplio y aceptación de las
diferencias culturales. De paso es un claro rechazo a que las “actividades, bienes
y servicios culturales sean tratados únicamente desde la perspectiva de su
valor comercial”.
El
laicismo es fundamentalmente el reconocimiento de la autonomía de lo político y
civil frente a lo religioso. Es también una razón republicana, una determinada
forma de entender la política democrática y una doctrina de libertad civil.
Afirma que todos los hombres son iguales por su capacidad de participar en la
formación de la voluntad general, independiente de sus características no
políticas (religiosas, étnicas, sexuales, genealógicas, etc.)
Giner de
los Ríos definía la universidad como la conciencia ética de la vida. La
universidad debe revisar permanentemente el compromiso ético, a partir de los
principios universales y los valores ibero- o latinoamericanos.
El
respeto a la dignidad de las personas, los derechos humanos y la libertad, al
Estado de derecho, la igualdad y la solidaridad son la base de nuestra
identidad latinoamericana y el fundamento del orden político y la paz social.
No son cuestiones estáticas sino que se relanzan permanentemente como respuesta
a la activación de determinadas pulsiones políticas, de los efectos derivados
de nuevas tecnologías y los movimientos de pueblos.
La ética
y la formación en valores van de la mano con el pensamiento crítico. Por eso
que resulta alarmante advertir -como se está planteando actualmente en España
si pueden seguir manteniéndose titulaciones en las que apenas se matriculan
alumnos. Expertos analistas universitarios han manejado el límite de 125
alumnos para que una titulación sea viable.
Esto
implica la desaparición de muchas asignaturas. Entre ellas caería la filosofía.
Sacar la filosofía de los planes de estudio es una forma de atacarse al pensamiento
crítico. La filosofía tiene comunidad de origen con otra expresión que nos
importa especialmente en América Latina: la democracia.
Nacieron juntas
en una plaza de Atenas y lo que una expresa en el terreno de la política la
otra lo manifiesta en el terreno del conocimiento. Los ciudadanos deben saber
vivir y pensar racionalmente, sobre muchas cosas, pero en particular sobre el
sentido último de la libertad, la igualdad, la solidaridad ciudadana y el bien
común, y eso implica ser demócrata y también, a ratos, filósofo.
Desde el
punto de vista de los valores la gama de responsabilidades es amplia: una de
ellas es propulsar una cultura de paz. Para eso es necesario enfrentarse a
todas las formas de irracionalismo, comenzando por las dictaduras y siguiendo
por el terrorismo, pero también el irracionalismo económico que altera la paz
social.
George
Lukács, influyente pensador húngaro, nos hizo leer en los años cincuenta El
asalto a la razón (Die Zerstörung der Vernunft, Berlín, 1952), un decisivo
estudio sobre el irracionalismo en Occidente. Basta una mirada sobre la actual
geopolítica del planeta para constatar con angustia el resurgimiento del
irracionalismo bajo diversas formas, el irracionalismo étnico religioso, el
irracionalismo económico imperialista, ambos expresados en el choque de
civilizaciones. También el irracionalismo del neoliberalismo que privilegia el
lucro del mercado por encima de las necesidades del ser humano.
La
conservación de la memoria histórica es otra responsabilidad fundamental de la
universidad. Para que la nación exista es necesario que se cuente. Si no se
cuenta no construye una imagen que le permita hacerse. No hay posibilidades de
crear sentimiento nacional sin un relato sobre los orígenes de la nación, sus
cualidades únicas, sus héroes y sus hazañas; es decir, sin construir un
imaginario. Refiriéndose al espíritu nacional, escribía Hegel que él se formaba
por los pasos singulares que daba cada sociedad. Con la historia ese principio
se convertía en la determinación de un peculiar espíritu nacional, que era el
que imponía un sello común a su arte, su construcción política, su ética
social, su sistema legal y sus costumbres y eventualmente a su religión.
Ese sello
es lo que llamamos identidad. Las “ars reminescendi” que son las prácticas que
recogen y transmiten conceptos, uniendo palabras e imágenes, se asocian a las
“ars inveniendi” que son las fuerzas que atan, que unen para crear los “teatros
de la memoria” que sirven para recordar el pasado. Eso si es necesario analizar
cómo se cuenta la nación. Cada proyecto político lo hace a su manera. Voltaire
desconfiaba (pensamiento critico) y advertía “Un historiador es un charlatán
que hace triquiñuelas con los muertos”.
La
sabiduría alude a la universalidad del saber. Señala Edgard Morin que la hiperespecialización
generalizada, la división de los saberes según especialidades cerradas, más la
orientación de la educación hacia el mercado, es decir marcada por el espíritu
de lucro, provocan la pérdida de la solidaridad social.
Es necesario
reivindicar la sabiduría como forma privilegiada del conocimiento. El
cientifismo maniqueísta y la carrera curricular han llevado a una fragmentación
cada vez mayor del saber. Lo cual no sólo nos aleja de la sabiduría, sino que
dificulta el pensamiento crítico. Las ciencias se han vuelto tan especializadas
y tecnológicas que se está perdiendo la pasión por el conocimiento. La
sabiduría agrega a la erudición la experiencia. La sabiduría contiene la
memoria histórica.
Hoy se
quiere sustituir esta memoria por otra basada en el culto a una inteligencia
tecnológica, numérica, digital, con lo cual la sabiduría pierde su lugar y su
hegemonía para orientar el conocimiento.
La
universidad debe responsabilizarse de que ambas inteligencias puedan no solo
subsistir, sino que sumarse, puesto que el conocimiento pertinente se construye
con ambas relanzar intelectualmente la universidad implica generar masa
crítica. Y en un doble sentido.
En el de
pensamiento crítico, que conduzca a la sabiduría de la duda, que es allí donde
el individuo se encuentra con el otro, descubre la diversidad cultural, los
derechos humanos y la importancia de la paz. Duda que él sea la medida de todas
las cosas y desarrolla el respeto por el mundo entorno, a la vez que descubre
la soberbia del individualismo y la importancia de la solidaridad ciudadana y
la democracia.
¿Qué otra cosa
es la democracia sino la duda de que siempre unos tengan razón y los otros
estén siempre equivocados? En definitiva descubre la sabiduría para utilizar el
saber en beneficio propio y en el interés de la raza humana.
Pero
también hay que generar masa crítica para crear y avanzar en la civilización.
El saber será el mayor factor generador de riqueza en este siglo y,
probablemente, en los siguientes. La sabiduría que necesita una comunidad democrática
es la sabiduría de toda la nación. Para ello se requiere una universidad abierta.
Actualmente
un interlocutor cada vez más presente en la reflexión universitaria es la
empresa. El diálogo universidad empresa parece indispensable para el aggiornamento
de la educación superior y el desarrollo de la economía y tiene importantes
consecuencias sociales.
En Europa
(estrategia de Lisboa 2000/ Consejo de Barcelona 2002) se les ha dado
particular importancia a las plataformas tecnológicas para mejor el futuro de
la competitividad aumentado el gasto en I+D+i para convertir a Europa en la economía
basada en el conocimiento más competitiva del mundo. Las plataformas
tecnológicas plantean un reto especial.
Se basan
en la capacidad de las empresas para asumir un papel de liderazgo para
identificar necesidades futuras en el ámbito de la investigación y el
desarrollo tecnológico que permitan definir estrategias a largo plazo. Esto
implica un diálogo Empresa/Universidad para traducir las necesidades industriales
en necesidades de investigación y los resultados de la investigación en
aplicaciones útiles para la empresa. La Unión Europea ha
vinculado la creación del espacio universitario europeo con los objetivos de
Lisboa. Mejorar las salidas laborales de los titulados es uno de los objetivos
prioritarios marcados en Londres en esta línea.
En el I
Encuentro Internacional de Rectores de Universidades, en mayo del 2005 en
Sevilla, el rector de la UNAM,
Juan Ramón de la Fuente,
recogió el modelo y abogó por “la búsqueda de un espacio de educación común que
reconozca la diversidad, pluriculturalidad y etnias de todas las regiones de
América Latina”. En febrero de este año, en Madrid, al inaugurar la fundación
Ibero-UNAM, insistió en la creación de un espacio iberoamericano del
conocimiento que, a modo del espacio europeo, establecería carreras equiparables
que facilitarían a estudiantes y graduados moverse fácilmente entre Portugal y
América Latina.
La creación de
un espacio universidad empresa ha supuesto muchas criticas en sectores que
temen una universidad al servicio de la empresa.
Críticas prácticas, que tienen que ver con la imposición de
criterios comerciales en la vida universitaria. El punto de vista central de la
educación neoliberal es el de la economía de mercado. Su tesis es que hay que
integrarse a una economía basada en el uso cada vez más intenso (creativo) del
conocimiento, y en una comercialización cada vez más competitiva.
Para lo
cual la educación superior debe considerar criterios de competitividad y
orientar sus curricula por ellos. Criterios como los que entrega el World Economic
Forum (WEF) para ubicar a los países en un marco de competitividad global:
Índice de innovación: capacidad de los países para crear nuevos productos,
índice de transferencia: capacidad de los países para absorber conocimiento
técnico, difundirlo y usarlo.
Criticas filosóficas y antropológicas: la ideología neoliberal que pone la
ética del enriquecimiento privado por encima y a costa de todo, reduce la vida
humana a un mero análisis de costes y beneficios que desemboca en un
individualismo despiadado basado en el cálculo de las ventajas personales.
Es el
neoindividualismo posesivo y consumista que configura la base antropológica y
social de nuestra era. Una antropología que reduce y simplifica la visión
compleja e integral del ser humano. Creando nuevos excluidos, los parias del
mercado, que son “prescindibles” para el sistema.
El consumismo
se convierte en el criterio más importante de inclusión o exclusión. Así se
destruye la dimensión colectiva solidaria y democrática. Frente a esta
circunstancia, en el marco de su responsabilidad social, a la universidad, se
le plantea una cuestión ética y curricular.
Desarrollar
un neohumanismo que se enfrente a este neoindividualismo, y que forme la
conciencia del profesional social en la ética de la inaceptabilidad de
considerar a cualquier ser humano “prescindible”.
La
consecuencia de esta filosofía es una frase que se le escapó a la reciente
ministra de economía del actual gobierno francés, que llamó a los franceses a
trabajar más y pensar menos.
Criticas sociales. El profesionalismo competitivo, idea
que orienta la educación neoliberal, rompe las pasarelas de la solidaridad y
puede conducir la formación de conductas
depredadoras. No hay que olvidar que el filósofo guía de la economía de mercado
es Hobbes ¡Y en su Vulgata!: El “Homo homini lupus” y “Bellum omnium contra
omnes” Es de la naturaleza del ser humano -transmite- estar en continuo estado
de guerra con los demás.
Y
volvemos a nuestras palabras iniciales con algunas pregunta: El derecho que
quisiera garantizar la UNESCO:
“una educación de calidad igual para todos”, ¿Es posible realizarlo si nos
confiamos más y más en la educación privada? ¿Si aceptamos como lo ha declarada
la OMC que la
educación superior es un bien de mercado?
Por otra
parte si queremos acercarnos a esta idea en el marco de la responsabilidad
social ¿Cuál es la finalidad? El planteamiento central es concebir una
educación moderna, pero teniendo en consideración las exigencias de la sociedad
y las del mercado.
Se trata de formar un profesional-social.
Intelectualmente preparado para ejercer con eficiencia destrezas profesionales
y conscientemente formado en sus deberes solidarios de ciudadano, de
latinoamericano y de ser humano.
Para
formar al profesional social son necesarios dos tipos de contenidos: unos
podemos llamarlos saberes y otros habilidades.
Los
saberes son la erudición y se adquieren mediante la instrucción, a través de
las asignaturas habituales.
Las
habilidades, que comprenden hábitos y destrezas, se desarrollan con la
educación que, aunque se basa en la instrucción, tiene que ver con otra
dimensión del conocimiento: la familiaridad. La vividura que hace inteligible la
erudición, y genera destrezas personales, dándonos habilidades y sensibilidades
–como el dolor ante las injusticias-, desarrolla virtudes cívicas que nos
ayudan a conducirnos en la vida social.
Las
habilidades no se transmiten con facilidad mediante las asignaturas porque
exigen procedimientos vivenciales, donde el afecto, el compromiso y la
participación activa son condiciones esenciales para su adquisición.
La
educación del profesional social requiere la formación en una cultura social,
compuesta de valores y abierta al entorno que predisponga a una participación
social en servicio de la comunidad.
Por otra
parte nunca hemos tenido mejores condiciones de hacer realidad la posibilidad
de crear una universidad latinoamericana. Esto está ahora perfectamente a
nuestro alcance si la pensamos como una universidad virtual, que además podría
establecerse on-line sobre grandes redes multidisciplinarias de profesores y
estudiantes de distintas universidades.
Finalmente
quisiera proponer 9 constataciones para pensar la Universidad
Latinoamericana del siglo XXI, su compromiso científico y su compromiso
social: ya que ambos constituyen su compromiso académico:
1. Hay
que avanzar mucho más en el campo de la investigación, el desarrollo, la
innovación científica y tecnológica.
2. Por
otra parte es necesario detener la fragmentación del saber que conduce al
aislamiento del pensamiento y del académico, que quiebra la unidad de las
ciencias y escinde el mundo universitario en universidades literarias y
politécnicas. Los avances del pensamiento y de la ciencia nos muestran una caída
de las barreras del conocimiento fragmentado. El futuro está en trabajar en
redes pluridisciplinarias.
3. Vemos
que esta fracasando un sistema educativo que no es capaz de ir acortando las
brechas sociales y las desigualdades. Los estudiantes pobres tienen derecho a
buenas universidades públicas. El país necesita la inteligencia de todos y no puede
permitirse considerar una parte de la población como desechable.
4.
Constatamos que nuevos métodos se imponen en la enseñanza. e-lerning y master
on-line están revolucionando los modos de aprendizaje. El futuro parece abierto
y no podemos todavía precisar los límites de su capacidad educativa, vinculada
a mayores y nuevas destrezas de los cibernautas ¿Qué ocurrirá cuando tengamos
jóvenes que hayan aprendido jugando? En diez años llegará a las universidades
la generación de la videoconsola, que sin lugar a dudas buscarán un aprendizaje
mucho más dinámico, colaborativo y libre. Querrán una educación sin la liturgia
de la clase, disciplina ni orden. Crecidos en la interactividad les resultará
difícil volver a la pasividad del puro tomar apuntes. Por otra parte,
ingenuamente hablamos de internet como si fuese una tecnología madura, pero en
realidad acaba de salir de la infancia. No sabemos a dónde nos puede llevar.
5. La
necesidad de valorar el pensamiento y la cultura propios, lo que implica
afirmar la identidad como barrera contra el colonialismo intelectual.
6. Si
casi hasta la década del 90 del siglo pasado el mayor problema de América
Latina era el autoritarismo, el gran problema actual son las desigualdades. Si
éste no se resuelve pueden surgir nuevamente tentaciones autoritarias.
7. Al
margen de la universidad neoliberal es preciso encontrar plataformas de acuerdo
entre la universidad y la empresa.
8. Falta
de motivación de muchos universitarios ante unos estudios que a menudo no
desembocan en un futuro profesional, lo que los lleva a seleccionar
titulaciones de acuerdo a los mismos criterios de mercado.
9.
Finalmente, siempre he lamentado no conocer suficientemente la geografía
universitaria latinoamericana. Un Mapa de la educación superior de América
Latina y el Caribe, como el que está realizando actualmente el IESALC me
resultaría del mayor interés.
*MIGUEL RO
JAS MIX:
Nacido en
Chile, escritor e historiador. Licenciado en Derecho y Profesor de Estado en
Historia de la Universidad
de Chile, Doctor en Filosofía en la Universidad de Colonia (Alemania) y doctor de
estado ès lettres en la
Sorbona. Catedrático de la Universidad de Chile y
Director del Instituto de Arte latinoamericano de la Universidad de Chile.
Sale al exilio en 1973. Desde entonces ha sido profesor en la Sorbona (Paris), Director
de Investigación en el Instituto de Altos Estudios de América Latina
y profesor en
diversas universidades europeas y americanas. Es Doctor Honoris Causa de las Universidades
de Córdoba, Rosario, Mar del Plata, Tucumán, Salta y Entre Ríos en Argentina, de
la Universidad
Federal Rio Grando do Sul en Brasil, de la Universidad de
Guadalajara en México, de la
Universidad de Santiago en Chile, de la Universidad de Dresde
en Alemania. Actualmente dirige el CEXECI: Centro Extremeño de Estudios y
Cooperación con Iberoamérica. Es autor de numerosos libros. Entre ellos
destacan: La plaza mayor, el urbanismo instrumento de dominio colonial,
Muchnik, Barcelona 1978; Los cien nombres de América, Lumen, Barcelona, 1991, y
América imaginaria, Lumen 1992; El imaginario civilización y cultura del siglo
XXI; Prometeo 2006; Siete preguntas a la educación superior del siglo XXI, 2006
y El Dios de Pinochet. Taller También cultiva la literatura infantil y en este
género su libro más destacado es La
Tierra de Paloma: Pequeña historia de América Latina para
nuestros hijos en exilio.
Conferencia
realizada en la Facultad
de Derecho de la UNR,
año 2008
Fuente: http://b1.wikispaces.com/